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SIN ESPINAS

Las cosas por su nombre

Fotografía

Por Javier de la RosaTiempo de lectura2 min
Opinión01-08-2004

Cuando uno lee en los periódicos el siguiente titular: "El PSOE denuncia la ofensiva de la Iglesia contra Zapatero por querer legalizar el matrimonio homosexual"; lo primero que piensa es que estamos en un mundo donde los pájaros se tiran a las escopetas, es decir, el mundo al revés. Y lo segundo, y tal vez más preocupante, es el enorme esfuerzo que debemos hacer para enterdernos entre tanta confusión. Si en un titular de 16 palabras, en rigor, se deforma la realidad desde el sujeto hasta el objeto ¿cómo podremos llegar a un acuerdo en la discusión de cuestiones tan complejas? Los que consideran que determinadas cuestiones no deben comenzar a discutirse atendiendo a criterios nominalistas, de entrada, no saben para qué sirve ni cómo funciona el diálogo. El diálogo se articula a través de lenguaje y el lenguaje es un sistema que permite que podamos dialogar. Por tanto, si cambiamos los parámetros del lenguaje queda abortado de partida cualquier posibilidad de entendimiento. El lenguaje oral y escrito es un sistema tan imperfecto como quienes lo utilizamos: los hombres. Y si a eso le añadimos que desconocemos gran parte de ese sistema, el origen de los conceptos o la etimología de las palabras, las posibilidades de confunsión aumentan en progresión geométrica. Desde los orígenes de lenguaje oral, las cosas se han llamado por su nombre en un claro intento del ser humano de que los nombres que les poníamos a las cosas reflejaran la verdadera esencia de las mismas. Así los primeros sonidos eran onomatopeyas que imitaban fielmente a la realidad. Después, el lenguaje fue evolucionando en ese sentido y en otros más hasta permitir que se pudiera escribir El Quijote, la Iliada o La divina comedia. Conseguido este grado de perfección, hemos permitido una flagrante involución consistente en vaciar los conceptos de su verdadero contenido llenándolos de otro diverso que pervierten la realidad a la que se refieren. No es un problema del sistema sino de Ética. Este procedimiento lo utiliza el manipulador y lo acepta el ignorante y quien no tiene el más mínimo interés por la verdad. Llegado a este punto, el diálogo se hace imposible simplemente porque seres humanos con una lengua común terminan hablando un idioma distinto. Esto pasa en nuestros días y por eso, en rigor, el debate empieza por ser nominalista. Las cosas del mundo se entienden como se llaman y vivimos unos tiempos en que algunos ya no quieren llamar a las cosas por su nombre.

Fotografía de Javier de la Rosa