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CRÓNICAS DEL ESPACIO INTERIOR

‘La Pasión’ y las patologías

Fotografía

Por Álvaro AbellánTiempo de lectura3 min
Opinión04-04-2004

La última de Mel Gibson ha generado multitud de controversias y afirmaciones vehementes y contradictorias ya antes de que se rodara. Sin embargo, lo que me empujó a ver la película la semana de su estreno en España han sido otros factores: la convicción personal de Mel Gibson en su proyecto, su acreditada trayectoria como director y, fundamentalmente, la importancia histórica del acontecimiento allí tratado. Al terminar la proyección resonaba en mí una doble conmoción. La primera, por contemplar una magnífica obra de arte; la segunda, por hacer propias las emociones de quienes vivieron hace un par de milenios las terribles últimas doce horas del Nazareno -horas rescatadas cada año por la tradición cristiana durante la Semana Santa que ahora comenzamos-. Sólo después, cuando los acordes emotivos se reordenaban silenciosos en el hogar de la memoria, me inquietó una nueva pregunta: ¿Por qué tantas y tan fervorosas críticas en contra de La Pasión? Todas ellas podrían resumirse en cuatro: las primeras atacan la calidad de la cinta; otras, que esté rodada en arameo y latín y no se permita el doblaje; las terceras hacen referencia al sadismo o recreación en la violencia; y las cuartas, al sello antisemita -juedofobia, ha querido inventar un periodista-. Vista y repasada la película, no encuentro razón para ninguna de estas críticas. La cinta podrá gustar o no, pero, en su conjunto, no es de menor calidad que otras del director, como la oscarizada y aplaudida Braveheart; el uso del arameo y el latín en una historia conocida por todos -cabe pensar que ningún occidental desconoce la vida del personaje que inicia y fecha la era en la que vive- no hace sino reforzar y elevar la expresividad de la cinta; la violencia no sólo es menor a la de otras en cartelera, sino que es la que con más propiedad puede calificarse de “no gratuita, sino necesaria”; y, por último, en ningún momento -más bien al contrario- se hace apología contra el pueblo judío. Puedo estar de acuerdo con muchas otras críticas que quizá merezca la película. Pero estas cuatro razones esgrimidas me parecen del todo absurdas. Es más, algunas justificaciones me llevan a pensar que quienes las sostienen no han visto la película o han visto otra. Eso, por no pensar peor. Porque las argumentaciones pasionales -a favor o en contra de religiones, partidos políticos, etc.- de las últimas fechas invitan a pensar que odios y amores fuera de lugar producen patologías que afectan al juicio y raciocinio de personas en principio muy cuerdas. Quizá una de las lecturas más superficiales, pero necesarias, que merece esta película en estos tiempos es ésta: el ejemplo de un grupo pequeño de hombres y mujeres que, por encima de la manipulación ejercida por diversos y contrarios poderes fácticos, son capaces de amarse entre ellos y amar a sus enemigos; son capaces de arrojar cordura y reflexión; y, por último, son capaces de obrar en consecuencia, duela lo que duela, porque saben que entre la miseria del hombre vendido o su maravilla en la gratuidad, no hay elección posible: sólo una lleva a la auténtica felicidad.

Fotografía de Álvaro Abellán

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Doctor en Humanidades y CC. Sociales

Profesor en la UFV

DialogicalCreativity

Plumilla, fotero, coach