SIN ESPINAS
Reaccionarios

Por Javier de la Rosa
3 min
Opinión09-02-2004
Ser reaccionario ayer era sinónimo de retrógrado, rancio, obcecado, aquel que se rebelaba contra todo lo nuevo sin importar si lo novedoso era bueno o malo, progreso o involución. Los reaccionarios de hoy son aquellos que hacen vivo el falaz axioma de que todo lo nuevo es progreso y todo lo malo tradición. De esta manera “discurre” la progresía del pensamiento único que ha vaciado los conceptos para llenarlos de sin sentido y convertirlos en etiquetas. En su filosofía de grandes almacenes, las palabras no evocan, sino que sentencian. Es “el amargo fruto” del hombre posmoderno, obsesionado por la imagen, la forma, el continente; y olvidado del contenido, del fondo y de las esencias. Sólo así cabe entender el malévolo esperpento que han protagonizado esta semana Zapatero, Bono, Llamazares, CC.OO., las asociaciones feministas, de gays y lesbianas, el portavoz del gobierno de la nación, Eduardo Zaplana; el vicepresidente primero del Gobierno y vicesecretario general del PP, Rodrigo Rato; y algún colectivo de padres católicos de Cataluña entre otros, etc. A ninguno le ha temblado la mano para derrochar improperios y otras lindezas contra la pastoral familiar de la Iglesia. Como periodista, nunca he advertido un listado de teletipos tan repleto de noticias que comentaban, con el más vil espíritu de insidia, el trabajo de los obispos. No me había percatado yo de reacción tan unánime ante determinados hechos delictivos o atentados etarras. ¡Me asusta tanto odio! ¡Me apena tanto rencor y tanto resentimiento! Creo que no ha habido colectivo o asociación que se haya abstenido de lanzar una puya contra la pastoral. El fenómeno sobrecoge aún más cuando observas que en la crítica destructiva se revela el desconocimiento del contenido de esa pastoral. Pondría la mano en el fuego porque el 95 por ciento de los que la han atacado con inquina ni siquiera saben que el texto original consta de una introducción, 4 partes, 7 capítulos y una conclusión y ocupa más de 200 páginas en formato de texto digital. Ya no digamos habérselo leído. Se trata de un análisis riguroso, firme en el fondo y bastante suave en la forma. Se equivoca en el uso de un concepto y en un párrafo reduccionista que vincula una lacra social como la violencia doméstica con los cambios que ha vivido la sociedad española en los últimos años. Un párrafo en más de 200 páginas de análisis medido y contrapesado que ha tenido la desdicha de aparecer en los medios en periodo electoral, y tras una oleada desgarradora de violencia de este género. Asuntos coyunturales que le han permitido a Llamazares acusar a la Iglesia de “amparar el machismo terrorista” y a Zapatero a asegurar que eliminará la religión porque el modelo de familia que aprenden nuestros chavales es la causa de estos males. La Iglesia sigue teniendo un problema de comunicación, sigue sin enterarse. Y no es baladí solucionarlo porque ya dijo Dios que “hay que ser buenos como palomas y astutos como serpientes”. No obstante, vuelve a acertar en el fondo, pero eso en esta sociedad a nadie le importa. Porque es una sociedad llena de hombres a los que las causas de las cosas no le importan. Luego nos llevamos las manos a la cabeza y no nos explicamos por qué suceden. Una sociedad alimentada por la publicidad sexista, la guarrería televisiva, la violencia sin límites, la pornografía, la degradación de la mujer al puro objeto, las campañas de “educación” sexual basadas en el “ponte un condón y haz lo que quieras” y no en el “ama y haz lo que quieras” que enseñó San Agustín. Sobre las críticas voraces también ya lo dijo el jefe de todos estos obispos -Jesucristo-: “con la misma medida con la que juzgues serás juzgado”.






