APUNTES DE BANQUILLO
No basta con coraje

Por Roberto J. Madrigal
2 min
Deportes08-02-2004
La visita a la República Checa, pese a vencer, ha dejado al descubierto las miserias de España en la Copa Davis. En cuanto los dos primeros espadas, Juan Carlos Ferrero y Carles Moyà, se han lesionado, ha quedado claro que no hay sustitutos de garantías. ¿Qué han hecho los capitanes por evitar que suceda una situación que se podía prever? Además, hay males que vienen de lejos: la última vez que España ganó a domicilio una eliminatoria fue en 1999, cuando se jugó por la permanencia en el Grupo Mundial contra Nueva Zelanda. Con ese panorama, aunque el bueno de Rafael Nadal –llamado para el doble con Robledo, no se olvide– derroche coraje y personalidad, poco puede hacer por mejorar las cosas. El mallorquín tiene cualidades excelentes para ser un gran jugador en la Davis, ciertamente, pero con 17 años, su momento no ha llegado aún. Su papel es irse integrando en el equipo, más aún cuando al toledano Feliciano López –no tanto Beto Martín–, otro jugador de proyección, no le han dado la oportunidad de batirse el cobre y adquirir experiencia, siquiera en los partidos intrascendentes Jordi Arrese, Juan Avendaño y Josep Perlas no parecen capaces de repartirse las tareas y trabajar el equipo a medio y largo plazo. No han aprovechado la coyuntura favorable –dígase los éxitos de las dos últimas finales– para crear una estructura sólida, en la que se vayan integrando los jóvenes jugadores, amén de haber conseguido patrocinios, con la ayuda de la Federación Española (RFET). Antes bien, la improvisación ha quemado a jugadores como Joan Balcells –el doblista del Sant Jordi–, Albert Costa –que podría haber tenido bastante que decir–, que se habían comprometido de lleno, y si no se remedia a tiempo, quizá pase lo mismo con Feliciano López. Si las decisiones se basan en aspectos técnicos –la superficie de juego, los rivales de turno–, que tienen una importancia relativa, en lugar de forjar un equipo experto, pero sobre todo con unas señas de identidad –ser capaces de jugar en hierba, moqueta, cemento o tierra batida con cambios mínimos–, para ganarse el respeto de los rivales, el problema seguirá igual. La garra y el empuje del público ni ayudan fuera de casa, ni son la panacea para encubrir los defectos. Hasta entonces no quedará otra que seguir jugándosela en los individuales, aunque sea poco menos que una temeridad.






