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CRÓNICAS DEL ESPACIO INTERIOR

Cuarto de siglo de historia

Fotografía

Por Álvaro AbellánTiempo de lectura3 min
Opinión07-12-2003

En los 25 años de Constitución en España han pasado muchas cosas. Entre otras, que muchos periódicos escriban 25 aniversario -en lugar de XXV aniversario- debido a que muchos hijos de la LOGSE no saben qué es eso de los números romanos. También destaca de este aniversario que el texto que constituye a la España contemporánea parece menos sagrado que nunca. Hasta hace muy poco, la letra de la Constitución pesaba en la conciencia de los políticos y gobernantes mucho más que la Historia milenaria de nuestra Península. Hoy, quizá porque la Constitución empieza a ser historia -por vieja y por vapuleada-, el texto aparece a casi todos los partidos tan modificable como cualquier ley fuera del canon sagrado. Cabe recordar, no obstante, que no todos los cambios son iguales. “Mutación, sí; reforma, no”, propone pedagógicamente el actual presidente del Tribunal Constitucional. En efecto, según qué parte de la Constitución se toque, podremos hablar de adaptación a los tiempos o de nueva pérdida de identidad. Si resulta hondamente lamentable escuchar a los políticos hablar de nuestra historia como de una historia de 25 años -más historia tiene mi madre que mi país-, más triste sería verles celebrando una nueva y profunda reforma consensuada y a gusto de todos que permita la convivencia durante otro cuarto de siglo -tal vez menos-. El otro día tuve la oportunidad de leerles un fragmento de Unamuno a los que fueron mis primeros alumnos universitarios. El español, bilbaíno, socialista, republicano y patriota respondía así a su protagonista de Niebla: “¡Pues sí, soy español! Español de nacimiento, de educación, de cuerpo, de espíritu, de lengua y hasta de profesión y oficio; español sobre todo y ante todo, y el españolismo es mi religión, y el cielo en el que quiero creer es una España celestial y eterna, y mi Dios, un Dios español, el de Nuestro Señor Don Quijote, un Dios que piensa en español y en español dijo: ‘Sea la luz’, y su verbo fue verbo español...”. Evidentemente, es una exageración literaria. Pero algunos alumnos no comprendían: ¿republicano, bilbaíno y a la vez españolista? ¿Este hombre no estaba un poco loco? Les comprendo, porque nadie les ha contado que hasta poco después de la muerte de Unamuno -coetáneo de Sabino Arana- el sentimiento españolista -y el criticismo antiespañol- habitaba en todos: conservadores y socialistas, monárquicos y republicanos, castellanos y vascos. Tampoco aprendieron que los reconquistadores de España, los descubridores de América o los hidalgos de Castilla eran, en buena medida, vascos. Ni tantas otras cosas que ocurrieron en otro país, pero en esta Península, antes de 1978. ¿Mutación o reforma? Poco me importan las palabras, sólo espero que sepamos adaptarnos a los tiempos sin reinventarnos de nuevo. Cosa nada fácil, pues los muertos que dieron la vida por legarnos algo, no votan, ni hacen ruido, ni tienen intereses crematísticos ni se organizan como grupos de presión. Sólo decidimos nosotros y sin mirar a la historia. Quizá celebremos dentro de un par de años el primer aniversario de una nueva y efímera concordia para la convivencia. Esta es la España postmoderna: siempre reinventándose a sí misma con una amnesia perpetua que le hace preguntarse cada mañana “¿quién soy?”.

Fotografía de Álvaro Abellán

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Doctor en Humanidades y CC. Sociales

Profesor en la UFV

DialogicalCreativity

Plumilla, fotero, coach