CRÓNICAS DEL ESPACIO INTERIOR
Estirar el tiempo

Por Álvaro Abellán
2 min
Opinión19-10-2003
Quiero hacer cada vez más cosas, aunque dispongo siempre del mismo tiempo. Ayuda planificar: convertir las horas en bloques de 15 minutos. Podemos ir más allá: aprovechar esos cuartos de hora minuto a minuto. Sólo así uno es capaz de acabar con el menosprecio de la “calderilla del tiempo”. Calderilla, sí, pero esos minutos robados a la indiferencia, a la apatía, a la falsa desconexión no se sabe muy bien de qué, terminan por suponer a lo largo del día un tiempo muy valioso. Podemos ir más allá, podemos dotar al tiempo de profundidad, al hacer a la vez varias cosas que requieren poca atención. Así, lo que secuencialmente hubieran sido 15 + 15 + 15 = 45 minutos, podemos terminarlo en 15 o 20. Tenemos una última posibilidad: seleccionar. Después de eso, no nos queda nada. Cabe ahora otra pregunta. Estirar el tiempo, ¿para qué? Porque tendemos a estirar el tiempo para hacer más cosas que nos sirven para hacer más cosas que nos sirven para hacer más cosas. Conozco muchas personas obsesionadas por terminar un trabajo no para descansar, disfrutar de otras realidades o contemplar su obra, sino para empezar y terminar otro trabajo. Buscamos ahorrar tiempo para gastarlo en lo mismo que hacíamos cuando no disponíamos de dicho tiempo. No acabo de entenderlo. Quizá es que no hay nada que entender: no porque muchos lo hagan quiere decir que tenga sentido. Recuerdo al vendedor de píldoras para la sed, quien calculaba el ahorro de tiempo que suponía tomar esas pastillas en lugar de beber agua varias veces. “Se ahorra una hora al día”, decía. A lo que El Principito respondía (versión libre): “Si tuviera una hora al día, caminaría despacio, junto a un amigo, hacia una fuente”. Admiro la capacidad de gestión del tiempo de algunas personas. Porque la técnica, en cualquier orden, es admirable. Pero me pregunto si algunas en veces ese ahorro no se dejan de lado cosas importantes y, también, qué hacer después con ese tiempo ahorrado.






