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CRÓNICAS DEL ESPACIO INTERIOR

Anabel de 22 abriles

Fotografía

Por Álvaro AbellánTiempo de lectura2 min
Opinión07-07-2003

Me pregunto qué derecho tengo yo, qué derecho tenemos todos, para hablar y escribir de Anabel, esa cooperante española asesinada que viajaba con 249 compañeros hacia Guinea Ecuatorial. ¿Para qué? “Ayuda al desarrollo”, se supone, aunque la razón íntima sólo la conocía ella o, quizá, ni ella. “Dios sabrá”, dirán las religiosas escolapias del centro donde Anabel iba a trabajar. La muerte de Anabel sirve para que los medios de comunicación pongan de relieve la actual situación en nuestra vieja Guinea. Para romper una lanza a favor de los cooperantes y misioneros que dan su vida por los desfavorecidos entre los desfavorecidos. Para preguntarnos si merece la pena entregar la vida y el alma antes siquiera de llegar al destino donde desarrollar la misión humanitaria o religiosa. Es decir, la muerte de Anabel no sirve para nada. Nada puede explicarla. Sólo las mentes estrechas y reduccionistas que necesitan dar sentido a una crónica, a una vida entregada, pueden encontrar causas y consecuencias, explicaciones y justificaciones, culpables e inocentes y luego, saciada la razón y adormecida la conciencia, dormir tranquilos. Me pregunto qué derecho tengo yo, qué derecho tienen otros, para hablar y escribir de la muerte de José Couso, ese cámara español que perdió la vida cuando grababa la guerra de Irak desde el hotel de los periodistas, abatido por el Ejército estadounidense. Todos parecían saber qué hacía José allí. Todos escribieron. Todos reivindicaron. Todos buscaron razones, justificaciones humanas y le hicieron mártir. La muerte de Couso sirvió para unir a la tribu de los cámaras, quienes, conociéndole o no, pusieron en sus equipos el símbolo de su misión: una foto de Couso y, debajo la palabra “asesinado”. La muerte de Couso sirvió para llenar de sentido el inútil y mal pagado trabajo de los cámaras de televisión. Especialmente de los que seguían en Madrid, con la peligrosa misión de entrevistar a los usuarios del Metro y el valor de mostrar la pegatina de Couso sobre sus equipos. La muerte de Couso sirvió para hacer política, sobre todo, para que los periodistas objetivos hicieran política. También con la muerte de Couso trataron de dar sentido a una crónica, a una vida entregada, trataron de encontrar causas y consecuencias, explicaciones y justificaciones, culpables e inocentes para luego, saciada la razón y adormecida la conciencia, poder dormir tranquilos. Pero nadie lleno de razones asoma a comprender, a aplaudir, a llorar y a callar ante la visión de dos personas que dieron su vida por una causa sin pedirle cuentas nadie. Y quienes tapan esa verdad, ensucian sus vidas.

Fotografía de Álvaro Abellán

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Doctor en Humanidades y CC. Sociales

Profesor en la UFV

DialogicalCreativity

Plumilla, fotero, coach