APUNTES DE BANQUILLO
Al Tour le falta chispa

Por Roberto J. Madrigal
3 min
Deportes06-07-2003
Dicen que es la tercera mayor competición del mundo, después de los Juegos Olímpicos y el Mundial de fútbol. Dicen que es el prestigio hecho ciclismo –aunque a mí no me la pegan, me gusta más la Vuelta a España, que la he visto de primera mano–, pero le falta una dosis de épica que se ha quedado reducida sólo en las etapas de montaña. Al Tour de Francia, deslices con Batasuna a cuenta del euskera al margen, le sobra planificación y le falta, en demasía, espontaneidad. No hay etapa llana que no se resuelva al sprint –salvo cuando la general está ya resuelta y se quiere ahorrar fuerzas–, ni los favoritos arriesgan nada si no es en las etapas de alta montaña. Incluso las contrarreloj han perdido de un tiempo a esta parte la emoción de la disputa por la general. Resulta sorprendente que en este contexto, el país que más ciclistas aporta al Tour no remate la faena. El uso y el abuso del protocolo y el reparto de papeles hace difícil que el carácter aventurero de los ciclistas españoles triunfe en una carrera en la que los intereses cuentan tanto más que el propio espectáculo. Sin caer en lo que casi todos critican, que es correr sin cabeza, en los últimos años apenas hemos visto buscarle las cosquillas a un Lance Armstrong que, aun reconociendo el tremendo mérito que tiene haber superado un cáncer, hipoteca su temporada a una carrera y resulta que da la impresión de haber ganado algún que otro Tour tan sólo por imponer respeto a sus rivales, a pesar de que en ocasiones ha mostrado signos de relativa debilidad. Cierto es que para ello también cuenta con la lealtad a prueba de bombas de un equipo en el que a los disidentes se les ha ido abriendo la puerta: Tyler Hamilton era su escudero más fiel, hasta que decidió volar por libre a costa de cargarse una amistad de años. Y tres cuartos de lo mismo le ocurrió a Levi Leipheimer después de quedar tercero en la Vuelta a España. Para devolver el interés al ciclismo, tal vez el Tour debería apostar por una vuelta de tuerca, tal y como ha venido haciendo Enrique Franco para recuperar el interés de los aficionados –entiéndase por tal que los corredores intenten constantemente dar un vuelco a la clasificación general, y dejarse de cálculos para ver qué etapa es la más indicada para tratar de atacar–. De momento, como no parece que Jean-Marie Leblanc vaya a cambiar de opinión, para eso lleva tres lustros organizando el Tour con personalidad, hasta el punto de dejar fuera a tipos como Mario Cipollini y Marco Pantani, no estaría mal que los cuatro equipos españoles buscaran alianzas con equipos modestos como La Boulangère y Jean Delatour, que valoran como merecen una invitación. No estaría mal un centenariazo para dar un aviso de que el ciclismo deja de ser una carrera para volver a sus orígenes, el afán por vencer en igualdad de condiciones que los rivales, simplemente por ser el más fuerte.






