ANÁLISIS DE LA SEMANA
Conjugando el mercado imperfecto

Por Gema Diego
2 min
Economía04-07-2003
Es la armonía de la oferta y la demanda, el sutil cruce que, cual telaraña invisible, combina lo que los consumidores piden y lo que los fabricantes ofrecen. Son dos curvas abstractas de millones de productos las que dan forma al libre mercado que, con precisión matemática –o eso dicen- equilibra las necesidades de unos y otros. Algunos piensan que el mercado por sí solo hace justicia, y que es capaz de acabar con los altos precios de un bien de primera necesidad como es la vivienda. Confían a ciegas en la capacidad de ese semidiós y ruegan a los Gobiernos que se laven las manos y jueguen al laissez faire, a dejar que el mercado se encargue por sí solo de regular a la sociedad. Pero el mercado no es un dios. Y, desde luego, no es perfecto. Los oligopolios no son perfectos. Y los monopolios estatales tampoco. Pero su desaparición le está costando el empleo a muchísimas personas, porque la liberalización conduce a la competencia. Y la competencia lleva a la flexibilidad despiadada en todos los ámbitos, incluso el laboral, en busca de la supervivencia. La imperfección del mercado causa naufragios económicos, a los que tiene que hacer frente el Estado con botes salvavidas. Es entonces cuando la crisis hace mella en todos los ciudadanos, como pasó en los primeros años 30 tras el crack del 29. O como ha ocurrido hace menos de dos años en Argentina. Abandonarse en los brazos del mercado es peligroso. Pero lo más cínico es que los mismos que se refugian en el Estado cuando corren malos tiempos, desprecian su intervención cuando se atraviesa un ciclo alcista. Y encima se atreven a reclamar los beneficios que no cobraron porque el país entró en una situación de emergencia. El mercado es imperfecto. Y egoísta.






