LA IMAGEN DE LA SEMANA
Amargo aroma de un dulce recuerdo

Por Álvaro Abellán
2 min
Opinión24-06-2001
Del Este, nigeriano, turco... eran sólo matices de olor y sabor de cafés disfrutados con Yanlo. Yanlo -y Omar, y Mohamed, y...- vendía tabaco en esa boca de Manuel Becerra que cada mañana se bebe a cientos de fumadores despojados de las 10.000 pelas que se embolsaba Yanlo. El fumador con su tabaco, el metro con sus fumadores y Yanlo y yo con los cafés. Nunca vi a un negro, solo, beber tanto café solo y negro. Una vez se lo dije. "No, con lesse no, que pérdo color", reía con ritmo africano. Recuerdo a Yanlo con un café mientras la tele habla de un inmigrante asesino en Pozuelo. Menos mal que un estudio recuerda que la propensión a la criminalidad se gesta en el carácter, los genes y la forma de vivir la infancia, y no en las razas. El aroma del café tiene el gusto amargo y el recuerdo dulce. De Yanlo paso a mi último examen de licenciatura: la noche previa, momento de estudio, café con hielo y calor, noche de San Juan soñada quizá por prohibida. Por ser el último examen recuerdo el ventilador en su giro uniforme, la tensión, los silencios... recuerdo hasta lo que suelo olvidar de otros exámenes a los dos días de pasarlos: la materia. Supe vivir ese último examen. Me dije: "Rafael lleva un año intentando enseñarme algo. Le toca callar. Me toca a mí demostrarle que su esfuerzo vale la pena". Escribí con ansia, destreza, desasosiego y también, poco a poco, con placer. Disfruté de un examen, aunque algunos lo creen imposible. Después, me dije: "¿Por qué no exprimí así todos los demás exámenes de la carrera?" Quizá ser consciente de que todo acaba, de que siempre hay un último, ayuda a afrontar la vida con la intensidad y responsabilidad que se merece. "Condúcete siempre como si mañana hubieras de morir, y algún día tendrás razón" (Tomás de Kempis). No como mi último café con Yanlo. Uno más, del que no recuerdo si el viento apagaba sus cigarros, si el café tuvo hielo o si nos atendió aquella rubia que enloquecía a Yanlo hasta hacerle volver cada día a la misma hora al mismo Café y Té. Qué será de él. Y cuando paso por allí, a disfrutar de mi cruasán-plancha mañanero, miro a uno y otro lado, con la esperanza de poder tomar un último café que recordar, un último aroma que volver a pasar por el corazón.






