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SIN ESPINAS

Vehemencia perversa

Fotografía

Por Javier de la RosaTiempo de lectura2 min
Opinión01-06-2003

Lo sé, los adjetivos graves no son buenos compañeros del análisis contrapesado, meditado, ecuánime. Además, deberían sobrar en todo juicio periodístico. Recuerdo una época, no hace mucho, donde los periodistas se hacían famosos crispando el ambiente que les rodeaba. Evitaban deshincharse con sus soflamas gracias a que funcionaban de terapia colectiva. Era un periodismo más brusco y enconado, más ruidoso si cabe, pero mucho menos sibilino y despiadado. No era el mejor periodismo pero, al menos, el juicio duro se combinaba con la honestidad del notario de la actualidad. La profesión del informador evoluciona indudablemente. Y es la elección de la agenda la que de por sí manipula. Esa técnica y otra que podría llamar la del “punto de vista” son suficientes para engañar completamente al receptor. Así funcionan los medios de comunicación que mienten de la manera más sutil que se puede mentir: contando sólo la parte de la realidad que les interesa. Sabemos, que la realidad es tan rica en matices que puede ser moldeada como un gran trozo de plastilina caliente y blandita. Tan amplio espectro de posibilidades permite combinar los colores de tal forma que el cuadro se nos presenta natural. “Eso es cierto porque mis ojos lo han visto”, es lo que siempre debe pensar el espectador para garantizar el éxito de la manipulación. Tal técnica coperfiliana es la que utilizan los actuales media con gran maestría. Entre ellos destaca por encima de otros -aprendices del proceso- la Cadena Ser de Jesús de Polanco. Se trata de una fábrica con una maquinaria tan pesada que es el único medio de comunicación en España capaz de generar su propia actualidad. Así, la totalidad de algunos de sus informativos pueden albergar un contenido que el resto de los medios desconocen o apenas lo refieren. Para poder conseguir eso, hace falta una cultura corporativa, una ideología emergente que por sí sola dicte el sentido, la orientación del trabajo de sus profesionales. Algo nunca impuesto, si no, no podría generar ese aspecto fresco y natural. Aunque sea mala leche ha de mamarse de ubres y no de biberones. Se respira en el ambiente. El problema es que la mediocridad es un virus instalado en todo espacio. Por eso, aquellos menos prudentes terminan siendo más papistas que el Papa, o mejor dicho, más polanquistas que Polanco. Esos irresponsables desatan su vehemencia perversa; y hasta los jóvenes, vierten su trabajo de imitamonos como si creyeran que le echan de comer a los cerdos. Sólo así se entiende, entre otras muchísimas cosas, la casi media hora de un informativo de media hora dedicado a relatar con escrupuloso y fidedigno detalle la supuesta indignación contra el gobierno de los pobres familiares de los 62 españoles muertos en Turquía. Cuatro gritos de justa desesperación durante el funeral fueron el argumento más razonable de estos compasivos profesionales. Lo hicieron, en “un ejercicio más de ética para mostrar su solidaridad con las familias”... y de paso azotar al Ejecutivo.

Fotografía de Javier de la Rosa