ANÁLISIS DE CULTURA
El mito de Narciso

Por Marta G. Bruno
3 min
Cultura20-09-2017
Día Internacional de la Paz. Y recuerdo que en el colegio los profesores nos mandaban diseñar una paloma cuyo pico sostenía una rama de olivo. El animal preferido de Afrodita, la diosa del amor. Y ese día, y aunque no fuéramos demasiado conscientes de nada, nuestros valores calaban una vez más. "Hijo, cómete todo que en África los niños no tienen la misma suerte que tú". Pero el devenir de las cosas, el entorno, los palos que nos da la vida y la suerte y entereza con la que uno los afronte moldean nuestra personalidad con más o menos maestría. Y de pronto las inundaciones no terminan y vemos que esa paloma no llega con su rebosante de vida rama de olivo. Y ya nadie nos recuerda que existen países donde no sólo el acceso a la tecnología es impensable, sino que por desgracia todavía siguen en la misma situación. Sin tener nada que llevarse a la boca.
La paloma de la paz. Un símbolo que imprimió la reflexión con la memoria puesta en el horror en el Congreso Mundial de 1949 para superar el daño que el ser humano es capaz de ocasionar. Y que funciona sólo a ratitos.
Porque somos tan efímeros como los acontecimientos de los que tenemos noción, pero que pasan por encima como una ducha a primera hora de la mañana. Cae el agua sobre nuestras cabezas, la sentimos, pero después al secarnos todo se va. Cuando las cosas no nos taladran directamente las vivimos intensamente según la importancia con que dejen que entre en nuestro cerebro. Y en un año pueden pasar muchas: el drama sirio y los refugiados, el terror del Estado Islámico, la violencia racial. Imagino una hilera de fichas de dominó y una mano que las va empujando una por una. Porque ahora no toca. Pero existen. Y claro que lo hacen.
Más de 22 millones de personas alejadas de su hogar según la agencia de la ONU para los refugiados (ACNUR). Como si nos diera vergüenza hablar de un drama que sigue destrozando vidas la pasamos de puntillas. The National, Kiko Veneno, Silvia Pérez Cruz y un concepto: ‘GiveaHome’. Sofar Sounds y Amnistía Internacional organizaban 350 conciertos simultáneos en 60 países para concienciar sobre una desgracia que existe todavía, aunque ya no vaya en las escaletas de todos los informativos, ni se graben las hileras de gente desesperada frente a las fronteras, ni niños que perecen en la orilla intentando llegar a una isla que sería su último aliento de vida. Conciertos que se celebran en un ambiente íntimo, sin demasiada publicidad. Más de 2.400 migrantes han muerto o desaparecido en el mar en lo que va de año. Hoy hay más de 26.000 niños refugiados en Grecia y en los Balcanes. Hay 40 millones de esclavos en el mundo.
¿Por qué ya “no vende” hablar de la situación por las que están pasando millones de personas en el mundo? Porque nuestros gobiernos no supieron gestionar su llegada. Porque el multiculturalismo no existe. Por los sucesos vividos en Alemania. Porque son personas que quieren volver a casa, o al terreno donde antes vivían una vida apacible y que ahora es presa del polvo. Porque hasta el pasado mes de agosto llegó a España un 10 por ciento de los solicitantes de asilo para los que se había pactado un hogar. Quizás perdonen, pero no olviden. ¿Qué ocurriría si fuéramos nosotras las almas perdidas? Porque el drama del terrorismo nos ha hecho ver al prójimo sirio con otros ojos. Meter a todo el mundo en el mismo saco. El dichoso reduccionismo que nos devora.
Leía en Twitter que en el extranjero empiezan a pensar que en España está a punto de estallar un conflicto armado causado por el bochornoso espectáculo que estamos viviendo en Cataluña. Esa es nuestra lacra. Y ojalá sea esa y sigamos tapándonos los ojos. Hasta que nos pase como en el Mito de Narciso y muramos ahogados de tanto amar nuestra propia silueta.
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Marta G. Bruno
Directora de Cultura de LaSemana.es
Licenciada en Periodismo
Estudio Ciencias Políticas
Trabajo en 13TV
Antes en Intereconomía TV, La Razón y Europa Press






