LA IMAGEN DE LA SEMANA
Dios ¬Eros¬

Por Álvaro Abellán
2 min
Opinión03-06-2001
Becerros de oro, ídolos de nuestro tiempo, virtudes naturales que, cuando se divinizan, se convierten en demonios. Nobleza, virtudes y derechos quedan pervertidos cuando dejan de valorarse como son y se deifican. Ocurre en esta santa profesión con la libertad de expresión y ocurre en este mundo hollywoodiense con el Eros, el amor de pareja. El amor es un valor maravilloso del hombre, le llena, le da sentido, le acerca a la felicidad. El amor de pareja es quizá el más perfecto de los amores humanos, del que nace la vida, el que vence la muerte. Pero si el Eros bien vivido es fuente de felicidad, el Eros exaltado incita a la perversidad. El Eros, hoy, más que un atenuante, parece un argumento de autoridad: "Lo hicieron por amor", y parece que eso les disculpa. Tremendo error: el amor nunca ha sido, ni debe ser, criterio de moralidad ni de justicia (C. S. Lewis, Los cuatro amores). Por amor quiere casarse el Príncipe de Asturias y olvida la razón de Estado. Por amor quiso casarse el Príncipe de Nepal y por amor mató a sus padres, tíos y hermanos. Curioso país, Nepal, donde un hombre mata a casi toda la casa real y es oficialmente declarado monarca del país. Quizá le perdonen. "¡Pobre! Lo hizo por amor". "Somos un país muy pobre, antes, por lo menos, teníamos una casa real", dice una joven nepalí. Pobrecita, seguramente amaba a la casa real. Seguramente apoya el nombramiento del príncipe amable -así llaman al parricida-, por amor a la monarquía. El amor no entiende de asesinatos, de bien o de mal, de justicia. El amor es amor, y está por encima de eso... o, quizá, llegados a este extremo, muy por debajo. No nos engañemos. Defendamos las virtudes, derechos y capacidades, pero hagámoslo en su justa medida. Amar de verdad es amar a las cosas o personas "conforme a lo que son". No amarlas conforme a lo que son -amar de forma desordenada-, aunque sea por exceso, no es amar bien. La concupiscencia del Eros no vale más que la corona de un país. La concupiscencia del Eros no vale más que la vida de unos padres.






