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ANÁLISIS DE CULTURA

Trump retratado por Murillo

Fotografía

Por Marta G. BrunoTiempo de lectura3 min
Cultura08-11-2016

Si Donald Trump viviera en la España de 1600 habría encargado a Velázquez un retrato de dos metros para poder contemplarlo cada noche antes de acostarse. El sevillano no tuvo la suerte de vivir nuestro tiempo para poder manchar el lienzo de los reflejos anaranjados del rostro del magnate. Como pintó a Felipe IV a caballo, de perfil y con armadura de acero, con bengala de general. Hoy lo haría delante de uno de sus coches de colección. En sus Rolls Royce, el Mercedes Benz S600 (aunque al parecer lo usa más Melania), Chevrolet o el Lamborghini. Su pretensión sería posar frente al Cadillac One, The beast. Pero son otros tiempos. Apagar la televisión. Acudir al Prado. Cierra los ojos y siente el eco de la historia de los lienzos. Trump como la pesadilla hortera.

Cierra los ojos y siente el eco de la historia de los lienzos. Trump como la pesadilla hortera
 Abrirlos de nuevo. La influencia en Murillo de Francisco de Herrera el Viejo y el naturalismo, el tenebrismo de Zurbarán. Sus imágenes de la Inmaculada Concepción. Me quedo mirando el cuadro La vieja hilando, con sus pronunciadas y perfectas arrugas, su mirada de dolor. O quizás hastío. O mejor de envidia. ¿Qué hace hilando? Ella siempre quiso posar, pero de otra manera. No hilando. Sino con joyas, rodeada de discípulos. De otra manera. Es una copia antigua del original conservado en una colección particular. Me recuerda a la Vieja friendo huevos de Velázquez, donde los protagonistas de la foto están uno frente al otro, pero no se miran.

 En ambos cuadros los personajes no observan con ojos penetrantes al espectador. Es como si nosotros espiáramos el mundo ajeno de los cuadros de Murillo y Velázquez con cautela pero libertad, ahora que no nos ven. Vieja con gallo y cesta de huevos, Vieja gitana con niño. Es el contraste entre la realeza y pobreza, la opulencia y humildad. Velázquez pintaría a Trump y al mendigo que mira con ojos hundidos lo que ocurre a su alrededor. Le da igual que ganen unos u otros. Da por seguro que su vida será igual de calamitosa.

¿Se imaginan el retrato Hillary Clinton de Velázquez? Como la Reina Margarita de Austria pero esta vez tampoco con caballo y un recargado vestido que cubre buena parte del lomo del animal. Clinton posaría con uno de sus trajes de chaqueta, su gran arma política, su uniforme durante la campaña. ¿Puede atraer el voto vestir de una determinada manera? ¿Es comparable a las perlas y diamantes de los Austrias? Es el power dressing de John T. Molloy en Dress for success de los años 70 como estrategia para igualar las mujeres a los hombres. En 1600 no hacía falta porque una mujer es una mujer, y un hombre un hombre.

 Murillo y Velázquez vuelven a estar juntos, pero esta vez no en Madrid, sino en Sevilla. Y me imagino a los dos artistas por las calles de la capital en pleno siglo XVII, ciudad sede de la corte real que crece sin parar a la que llegan las familias nobles de Castilla, que arrebata a Sevilla el prestigio, que se mantiene a veces casi igual hoy, en pleno siglo XXI. Son los retratos los que cambian.

Fotografía de Marta G. Bruno

Marta G. Bruno

Directora de Cultura de LaSemana.es

Licenciada en Periodismo

Estudio Ciencias Políticas

Trabajo en 13TV

Antes en Intereconomía TV, La Razón y Europa Press