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ANÁLISIS DE SOCIEDAD

Prodigios inexplicables

Fotografía

Por Almudena HernándezTiempo de lectura2 min
Sociedad07-09-2016

No conocí a Isabel Solá, la misionera española asesinada hace unos días  en Haití, ni tampoco a Agnes Gonxha Bojaxhiu, desde el primer domingo de este septiembre declarada santa Teresa de Calcuta, pero estoy segura de que en la vida de ambas hay menos acciones reprobables que en la de cualquier hijo de vecino. Ocuparse del prójimo, ver a Dios en los que sufren no es ser un fanático del sufrimiento, como tampoco lo son los otros 20 misioneros españoles que quedan en Haití, una vez que el terremoto de 2010 cayó en el olvido hasta en las viñetas de Forges.

Cuestionar a los miles de misioneros que hay repartidos en el mundo (España es una potencia, con unos 13.000 de ellos) es más que una ligereza "literaria" fruto de poca sensibilidad o, quizás, de una mala baba ejecutada con premeditación, alevosía y algo de nocturnidad. Las sombras no pueden tapar la Luz, aunque sí distraer.

Conozco pocos misioneros, pero resulta  difícil olvidar cómo algunos me contaron su experiencia en los confines del mundo a donde fueron llamados. Ya fuese Venezuela, Filipinas, el corazón de África o la Asia rural donde los católicos son minoría. Y todos coinciden en que su sitio está allí, entre los niños con pocas posibilidades, las familias que viven en un basurero, quienes huyen de la guerra y la violencia y campesinos analfabetos y con discapacidad.

Vienen de vez en cuando a España, toman aire y regresan a sus misiones no sin llevar consigo montones de ayuda que suelen recabar entre sus conocidos. Y, cuando nos visitan, se les ve viejitos, descuidados físicamente, con el acento de este o aquel idioma que tan bien  manejan, pero con la mirada tranquila, transparente y luminosa de quienes se acuestan cada noche con la sensación de haber hecho todo lo que  han podido y presenciado milagros de todos los tamaños.

Pero, claro, para reconocer la existencia de esos inexplicables prodigios hay que caerse del caballo o, al menos, no creerse el mismo Dios.

Fotografía de Almudena Hernández

Almudena Hernández

Doctora en Periodismo

Diez años en información social

Las personas, por encima de todo