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SIN CONCESIONES

Culpables de repetir elecciones

Fotografía

Por Pablo A. IglesiasTiempo de lectura5 min
Opinión12-04-2016

Un milagro o un suicidio. Sólo una de estas dos cosas puede evitar que España repita las elecciones generales. El destino nos encamina hacia la insólita celebración de comicios presidenciales por segunda vez en seis meses. Nunca antes había ocurrido en democracia. Nunca antes una votación nacional había resultado inútil. Nunca antes los dirigentes políticos fueron incapaces de ponerse de acuerdo ante la ausencia de una mayoría clara. Sólo un milagro evitará volver a acudir a las urnas, si Podemos renuncia a sus exigencias inasumibles como el referéndum en Cataluña. No ha ocurrido en tres meses y medio, así que poca pinta tiene de que vaya a ocurrir en los próximos quince días disponibles para anunciar un acuerdo de investidura. Si eso no pasa, sólo un suicidio puede impedir que los españoles vuelvan a ejercer su derecho democrático al sufragio, si Pedro Sánchez cede a los órdagos podemistas con tal de alcanzar el poder de La Moncloa y nos arrastra junto a él por el sumidero. No hay más opciones. Milagro o suicidio, que es como el susto o muerte de la noche de Haloween.

Tres meses de tacticismo, declaraciones altisonantes, reuniones inútiles y exceso de postureo no han servido para nada. Pedro Sánchez ha recibido calabazas de su mayor adversario y, a la vez, necesario aliado. El socialista quería pero no podía. Pablo Iglesias podía pero no quería. Que nadie se lleve a engaño. Hace semanas que ninguno negocia en serio. Sólo vivimos un teatro, la puesta en escena de guiones casi opuestos que cada uno ha escrito por separado para tratar de dejar al contrario como culpable de la falta de acuerdo. A ninguno, salvo a Pedro Sánchez que se juega su propio pellejo, le importa en exceso el fracaso de las negociaciones, el tiempo que hemos perdido y ni siquiera la desaceleración de la economía. Lo único que les aterroriza es aparecer como los responsables de este escenario que de boquilla nadie desea pero que algunos han generado poniendo palos en las ruedas del diálogo desde el primer minuto.

La primera opción de gobierno nunca fue una posibilidad porque a Pedro Sánchez jamás le interesó. Podría haber aceptado ser el vicepresidente de una gran coalición conformada por PP, PSOE y Ciudadanos con un chamuscado Mariano Rajoy al frente. Así se habría posicionado en primera fila para ser el siguiente jefe del Ejecutivo al cabo de un par de años. Tenía todo a favor pero tuvo miedo a dejar solo a Podemos en la oposición y que la izquierda radical se transformara en un rodillo con su populismo y demagogia. Tuvo prisa por ser presidente y someterse a un debate de investidura que al final puede pasar a la Historia de la democracia de España como sus 15 minutos de fama. Ojalá que no, porque ni el chaval es tan irresponsable como pintan desde fuera ni tan tonto como dibujan desde dentro.

La segunda opción, la única vía que existía y sigue existiendo para derrocar al Partido Popular, era y es una alianza de izquierdas y de nacionalistas. Es lo que Podemos ha bautizado como la vía del 161 pero en realidad es la continuación de la vía Zapatero que el expresidente del Gobierno ya puso en práctica como líder del PSOE. En el fondo no hay innovación, sino repetición de la Historia. Con matices pero repetición, y de aquellos polvos estos lodos. Sin embargo, Podemos no quiere ser comparsa de esa alianza sino que quiere liderarla con Pablo Iglesias al frente de La Moncloa y con el PSOE sometido a sus pies. Las encuestas supuestamente van en su contra pero lo cierto es que nunca le han ayudado y siempre las ha superado con creces. Además, esconde una carta en la manga con la que hacer realidad el sorpasso al PSOE. Con una coalición entre sus confluencias y la Izquierda Unida de Alberto Garzón será automáticamente el primer partido de izquierdas de este país. Justo lo que Pablo Iglesias sueña con locura para alcanzar su verdadero objetivo: monopolizar el poder.

Ciudadanos nada pintaba y, pese a ello, ha sido coprotagonista voluntario de la película. Buscó notoriedad y con el traje de político responsable que tanto le gusta vestir a Albert Rivera ha incrementado sus expectativas en las encuestas. Veremos si luego se hacen realidad porque antes del 20 de diciembre los sondeos presentaban a la formación naranja como llave de cualquier gobierno y al final sus 40 diputados resultaron insignificantes, como experimentó Pedro Sánchez en su investidura fallida. Ciudadanos quiere ser visagra y robar votos a derecha e izquierda, pero cuando uno está en medio también corre el riesgo de morir aplastado como el queso de un sandwich. Eso sí, su doble rasero en Andalucía y Madrid es similar a la adulación que practica con Pedro Sánchez y el repudio a Mariano Rajoy.

Rivera quiere cargarse a toda costa al líder del PP pero puede tragarse sus palabras si el gallego cumple los pronósticos, vuelve a ganar las elecciones y para colmo mejora ligeramente en escaños. Nadie podrá cuestionar entonces su continuidad y mucho menos un joven y apuesto al que todas las suegras querrían como yerno pero pocas votarían porque a su edad prefieren a un conservador de toda la vida. Eso es lo que representa y lo que busca Rajoy, al que la táctica del inmovilismo puede volver a llevar en volandas al éxito pese a la desesperación que esa actitud genera en su propio partido. Quienes tanto hemos criticado semejante pasividad tendremos que callarnos y rendirnos a su efectividad. Lo cierto es que mientras él evitaba cometer errores los demás han dejado al aire sus vergüenzas y han perdido la virginidad. Ya no hay ningún candidato nuevo, ninguno inmaculado y ni mucho menos perfecto. Todos tienen su parte de culpa en este despropósito y en consecuencia volveremos a votar.

Fotografía de Pablo A. Iglesias

Pablo A. Iglesias

Fundador de LaSemana.es

Doctor en Periodismo

Director de Información y Contenidos en Servimedia

Profesor de Redacción Periodística de la UFV

Colaborador de Cadena Cope en La Tarde con Ángel Expósito