SIN CONCESIONES
Sobreactuar e Inmovilismo

Por Pablo A. Iglesias
3 min
Opinión18-03-2016
Imaginen que Usain Bolt, el hombre más veloz del mundo, permaneciera inmóvil al comenzar una carrera. Imaginen que Leo Messi o Cristiano Ronaldo, los dos mejores futbolistas del planeta, fallaran a propósito un penalti en la final de un trofeo. Imaginen que Pau Gasol lanzara un tiro libre por encima del tablero en el momento decisivo de un partido. Imaginen lo más díficil: que Rafa Nadal, el tenista que jamás da una pelota por perdida, se quedara quieto ante un adversario. Imaginen... imaginen... porque esto jamás ocurriría.
Ahora no imaginen. Sólo piensen en el vencedor de una de las pruebas más duras a las que se somete el representante de un país. Piensen que ha vencido, que más de siete millones aclaman su triunfo. Piensen y sorpréndase al comprobar que al recibir la medalla de oro aparta la cabeza y declina el mérito que le corresponde. Piensen, además, que rechaza su primer puesto y señala al árbitro que es el segundo clasificado quien debe subir a lo más alto del podio. ¿Quién haría algo así? Piensen... piensen sólo un poquito y caerán en la cuenta de que en España tenemos un presidente del Gobierno en funciones que acaba de ser ratificado por las urnas y que, sin embargo, no quiere correr el riesgo de someterse a la investidura.
No es por humildad que Mariano Rajoy cede el testigo a Pedro Sánchez. Es más bien por miedo a sufrir un severo revés y que ese sea el último capítulo de su larga trayectoria política. El egoísmo personal parece imponerse en esta ocasión al interés general de España, e incluso a la supervivencia del Partido Popular. Tan sorprendente como la decisión es su gesto. Inmutable e insensible, convencido de que pronto regresará su oportunidad. Actúa como si conociera de antemano que el éxito le espera en el devenir. Sin embargo, nada dice. Ni una pista exhibe para semejante convencimiento. Aguarda paciente sin contar nada ni a sus colaboradores más cercanos, alguno de los cuales empieza a desesperarse por la incertidumbre.
Rajoy deja escapar a su contrincante como si fuera el mismísimo Usain Bolt y pudiera remontar la desventaja en el sprint final. Está convencido de que la suerte volverá a sonreírle de aquí a mayo y, si no, cuando se repitan las elecciones generales. Al menos eso es lo que quieren creer sus más estrechos colaboradores, porque en verdad ninguno de ellos sabe a ciencia cierta si el presidente del Gobierno en funciones tiene un as en la manga que le hace estar tranquilo o es que simplemente aplica la táctica de esperar, esperar y esperar que le ha traído hasta aquí. No le importa regalar el relato político a los adversarios ni ver cómo se erosiona poco a poco la legitimidad que le entregaron las urnas.
Por el contrario, el socialista Pedro Sánchez sobreactúa como el niño al que sus padres no hacen caso y llama la atención para adquirir notoriedad. Con la renuncia de Rajoy consiguió que todos los focos iluminaran hacia él y desde hace más de un mes es el protagonista de la escena. Roba la iniciativa a Podemos, cosa que hasta ahora no había conseguido, e intenta aparentar que puede ser presidente. La complejidad política le ha regalado al líder del PSOE la prórroga que todo jugador anhela cuando pierde un partido. Tiene poco que perder y mucho que ganar, justo al contrario que Rajoy. Son tácticas diferentes de líderes diferentes de generaciones diferentes y de concepciones de la política muy diferentes.
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Pablo A. Iglesias
Fundador de LaSemana.es
Doctor en Periodismo
Director de Información y Contenidos en Servimedia
Profesor de Redacción Periodística de la UFV
Colaborador de Cadena Cope en La Tarde con Ángel Expósito






