SIN CONCESIONES
Los 'frikis' electorales

Por Pablo A. Iglesias
4 min
Opinión17-12-2015
Voy a confesar lo inconfesable. Soy un rara avis, que dice el latinismo. Soy un friki, que afirman los jóvenes. Me gustan las campañas electorales y me apasiona especialmente estar dentro de ellas, morir de sueño durante dos semanas seguidas, acabar exhausto de cansancio, escribir al borde del infarto en los mítines y cruzar el país de punta a punta y de aeropuerto en aeropuerto. Soy friki porque añoro lo que casi todos desprecian y rara avis porque me motiva lo que a la inmensa mayoría de los ciudadanos les aburre.
Me apasionan las campañas electorales por amor vocacional. He ahí la cuestión. Nunca había estado en un mitin antes de dedicarme al periodismo político y posiblemente jamás habría ido sin tener la obligación profesional. Tampoco iría ahora sin necesidad porque lo que me acelera la sangre no es el mitin en sí, sino el nerviosismo de los dedos que anhelan golpear las teclas sobre el ordenador, los ojos inquietos que recorren cada rincón en busca de un detalle con el que colorear la crónica y los oídos afilados a la espera de limar el titular más novedoso. Me pirria incluso algo tan masoca como contar sillas de asistentes y no fiarme del dato oficial del partido.
La campaña electoral es como una droga sin la que es difícil vivirLa campaña electoral es como una droga sin la que es difícil vivir para quienes hemos pasado unos poquitos años recorriendo España en autobús. En esas visitas por el país es donde realmente descubres la pluralidad de la nación más antigua de Europa, sobre todo cuando en una misma jornada despiertas en un hotel de Pamplona, almuerzas un bocadillo en la Plaza de Toros de Almería y por la noche mal cenas en Vigo tras 18 horas de periodismo y frenesí. La campaña electoral es un martirio para el cuerpo y una explotación laboral para la mente. Pero aún así tiene su encanto si eres un friki. Si no, las acabas odiando.
Una caravana de periodistas persiguiendo la sombra de un candidato es un Gran Hermano en el que todo se sabe, todo se comparte y, en la actualidad, todo se radia en tiempo real a través de las redes sociales. La familia no te llama para saber dónde estás, pues es más fácil averiguarlo en Twitter. En campaña, como suele bromear mi compañera de fatigas Concha López, el periodista pierde la noción del tiempo y del calendario. Así deduces que si estás en Málaga hoy es miércoles y que cuando visitas Palma de Mallorca es sábado. En campaña siempre esbozaba una sonrisa al entrar en el avión por la mañana y escuchar a la azafata con los periódicos. “No, gracias, ya los hemos escrito”, bromeaba la expresidenta de la Asociación de la Prensa de Madrid Carmen del Riego. El avión es uno de los pocos momentos placenteros del día, salvo que detestes volar. Puedes echar una cabezada o comparar las crónicas de los compañeros para descubrir quién ha afilado más el verbo.
Una caravana es un Gran Hermano en el que todo se sabe, todo se comparte y todo se radia en tiempo real
Los candidatos repiten el mismo discurso en todos los mítines durante 15 días, pero el periodista es casi el único que está ahí para saberlo. Mientras el público vibra, mi querida Gemma Robles solía anticipar en voz alta la frase siguiente que iba a pronunciar el político de turno, para sorpresa y enfado de quienes nos rodeaban. A veces nos insultaban como le sucedió en directo a Ana Jiménez en pleno directo de Televisión Española durante el cierre de unas europeas. Algunos compañeros tuvimos que socorrerla y reprender a la gente que la rodeaba con acusaciones de manipulación. Las campañas electorales son un cúmulo de vivencias profesionales y personales que desbordan como en una olla a todo fuego y a plena ebullición.
En estos tiempos de Periodismo a distancia a través de Google y las redes sociales, vivir una campaña electoral desde dentro es un lujo profesional, además de económico. En la época de vacas gordas una caravana del PSOE llegó a costar 11.000, un exceso que seguramente jamás volverá a repetirse. Las elecciones son sinónimo de promesas por cumplir y de programas que casi nadie lee, más allá de los cuatro periodistas que tenemos que escribirlos. Muchos españoles se pasan cuatro años exigiendo a los políticos pero a la hora de la verdad son incapaces de dedicar dos tardes a leer lo que proponen. Así nos va. Los frikis y los no frikis se matan a trabajar en 15 días para que pocos -a veces ni sus jefes- lo agradezcan. Pero cuando eres muy friki electoral ni siquiera eso te importa. El periodista vocacional nace para esto y se pasa cuatro años esperando un momento así. Puede que sus frutos no sean muy periodísticos, pues tiene que asomar la cabeza entre toneladas de propaganda. Pero su trabajo siempre es honesto. Esa, y la experiencia vital única, es la mayor satisfacción que te llevas.
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Pablo A. Iglesias
Fundador de LaSemana.es
Doctor en Periodismo
Director de Información y Contenidos en Servimedia
Profesor de Redacción Periodística de la UFV
Colaborador de Cadena Cope en La Tarde con Ángel Expósito






