IMPRESIONES
La sesión final de Freud

Por Álvaro Abellán
3 min
Opinión15-06-2015
Es el 3 de septiembre de 1939. Sigmund Freud (83 años), padre del Psicoanálisis y defensor del ateísmo, recibe en su despacho en Londres a C. S. Lewis (40), autor de las Crónicas de Narnia y apóstol de la fe. De fondo –nos lo recuerdan la radio, las sirenas que advierten de un posible bombardeo, el ruido de los aviones– la violencia total, el odio, el poder omnímodo de Hitler que representa los aspectos más oscuros del corazón del hombre.
En esa hora negra de Europa dos gigantes del siglo XX tratan de mantener encendida la antorcha de Occidente. Freud y Lewis, austriaco y norirlandés, quienes se enfrentaron acaloradamente por escrito, se refugian en un pequeño despacho para suavizar la dureza de su debate gracias al té, el tabaco y el diván, del que ambos huyen en primera instancia, en el que ambos se encuentran al final de la obra.
El origen de la cultura europea hay que buscarlo precisamente allí: en una fe –que es amor hasta el extremo– que busca comprenderse a sí misma; en una razón que no huye de su confrontación con el misterio. Un diálogo sobre la vida y el sufrimiento; sobre el misterio del corazón del hombre, herido por el mal desde que tenemos memoria, para el que ambos autores buscaban sanación. «Lewis: “¿En qué estábamos pensando? Ha sido una locura creer que podríamos resolver el mayor misterio de todos los tiempos en una mañana”. Freud: “Sólo hay una locura mayor: no pensar nunca en él”».
Este dramático encuentro entre Lewis y Freud es ficticio, pero no falso. La sesión final de Freud (Mark St. Germanin, 2009) llegó al Teatro Español en enero de 2015 y, fruto de su éxito en taquilla y crítica, ha regresado para quedarse hasta el 12 de julio, esta vez en el Teatro Fígaro. Decía que este encuentro es ficticio, pero no falso, para distinguir entre dos planos que la crítica y el público pueden mezclar con facilidad: el plano dramático y poético y el plano del debate intelectual.
La obra está muy bien documentada, los argumentos en boca de los personajes son argumentos que estuvieron en la boca de los autores y los datos biográficos de ambos, así como el contexto histórico, son, en lo esencial, fieles a los hechos. El corazón de la obra es, además, un debate apasionado sobre la vida, la muerte, el sufrimiento, el mal y el amor; en última instancia, un debate sobre la posibilidad o no de la existencia de Dios. Por eso es fácil que pasemos muy deprisa del plano dramático al debate sobre nuestras convicciones, utilizando la obra para reafirmar nuestras posiciones, en lugar de recibirla para dejar que haga su trabajo en nosotros.
Esta actitud de usar la obra en lugar de recibirla fue denunciada por Lewis –gran crítico literario– en La experiencia de leer. La idea, aparece también en este encuentro, cuando Lewis acusa a Freud de no dejarse golpear por la música, la más espiritual de las artes, que Freud rechaza porque le incomoda no poder racionalizarla.
Tengo la tentación de entrar yo mismo en el debate, sin duda apasionante y querido por el autor. Sin embargo, para no mezclar los planos, me limitaré por ahora a subrayar que merece mucho la pena asistir al teatro antes del 12 de julio. Por el texto –sencillo y profundo, ágil y dramático–, por el exquisito montaje y la cuidada puesta en escena hasta el más mínimo detalle, y por el magnífico trabajo de los actores.






