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ANÁLISIS DE SOCIEDAD

La mujer de mi vida

Fotografía

Por Almudena HernándezTiempo de lectura2 min
Sociedad11-02-2015

En la memoria de quienes nos acercamos vertiginosamente a la cuarentena queda aún un rincón para aquella lacrimógena telenovela en la que un tal Luis Alfredo se enamoraba de su Cristal en capítulos soporíferos acompasados por la melosa canción que decía "lo mejor de mi vida has sido tú". Ahora, en la caja tonta la protagonista no es una venezolana, aunque un día de estos Tania Sánchez lo mismo nos sorprende y podría adquirir tal nacionalidad (¡pobres, los ciudadanos de este país maltratado por Maduro y su pajarito!).

Estos días todas las papeletas del sorteo del jamón las juega una princesa del pueblo embutida en un chándal sintético, que compite en en zapping con la citada candidata de no sé qué partido emparejada con un tal Pablo Iglesias que no reniega de su minuto de gloria por ser novia de quien es (¿acaso eso no es machismo?) y un sin fin de chonis, iletrados y seres vivientes que no han destacado en su vida por alguna virtud o dar un triste palo al agua. Luego los jóvenes no quieren estudiar ¿Por qué será?

Y, a todo esto, el beso, el beso de España, copia low cost de aquel que Casillas, cuando era santo, le propinó a Sara Carbonero para gloria de las audiencias, y que este año en los Goya han emulado los protagonistas de Ocho apellidos vascos. La película, como diría la suegra, no pasa de "simpática", aunque ha arrasado en la pantalla y alzado a la popularidad a Dani Rovira y quien por el momento es la mujer de su vida, Clara Lago.También bate cifras de espectadores esa cadena de programas putrefactos. Ojo.

Y todo esto viene porque, a falta de goyas, todos tenemos un buen puñado de mujeres que nos han marcado el compás en nuestros días: aquella abuela flamencona que hacía tres kilos de albóndigas con medio de carne para alimentar a la prole; aquella maestra de pueblo que desde sus botas de caña y tacón destacaba las virtudes de sus pequeños alumnos; aquellas monjas que no pellizcaban, sino que eran tiernas, dulces, rectas y serias con los alumnos despreciados por los demás (antes tampoco se estilaba eso del booling y acosos varios, sólo se padecían); aquellas madres sufridas y buenas como el pan que nunca supieron vender sus muchas aptitudes y actitudes y esas mejores amigas que, a la postre, resultaban ser las hermanas y las primas.

Seguro que ustedes, queridos lectores, también tienen sus propias mujeres de su vida y, dentro de un año, cuando la alfombra de los Goya se llene de críticas y lentejuelas, recordarán más a sus doñas de referencia que a las Cristales y damas de rosa venidas a menos en esta sociedad postmoderna. Por algo será.

Fotografía de Almudena Hernández

Almudena Hernández

Doctora en Periodismo

Diez años en información social

Las personas, por encima de todo