IMPRESIONES
La conspiración del silencio

Por Álvaro Abellán
2 min
Opinión04-02-2015
Inteligente y sencilla, elegante sin barroquismos, narrativa y existencialmente redonda. Hacía mucho tiempo que no veía una película tan completa, de esas a las que honestamente no puedes ponerle ningún pero sin convertirla en otra cosa. Y La conspiración del silencio (Giulio Ricciarelli, 2014) logra ser lo que quiere ser, y lo que quiere ser es bueno y necesario.
La película, que expone hechos reales, relata la lucha de un joven fiscal adicto a la Justicia que se empeña en descubrir lo que nadie quiere mirar: las atrocidades sucedidas en Auschwitz durante la II Guerra Mundial. Pocas películas revelan con tanta claridad cómo la cuestión de la verdad histórica no es un temita de salón. También aborda que buscar la Justicia sin comprender la debilidad del corazón humano es profundamente destructivo.
El Auschwitz histórico es inevitablemente simbólico. Y el Auschwitz simbólico representa, entre otras cosas, la capacidad del ser humano para obrar el mal sin sentirse responsable de ello. Incluso, justificándolo. "Dios no estaba en Auschwitz", revela un superviviente. Pero si Dios no está en Auschwitz, la condición humana, la posibilidad de mirar a los ojos a quienes protagonizaron aquellos acontecimientos, se torna insoportable.
La historia refleja bien la hipótesis de la espiral del silencio, teoría que vio la luz precisamente en aquellos años, en aquella Alemania. Teoría que explica que las ideas sobre las que no se habla públicamente tienden a desaparecer, por cruciales que sean. Y explica también que la verdad es siempre el fruto esforzado de la amistad entre hombres valientes, cuyo único requisito para comprenderse como hermanos es la exigencia de verdad y justicia en sus propias relaciones.
El modo en el que Alemania contempla su pasado reciente en películas como La vida de los otros, Shopie Scholl: los últimos días y La conspiración del silencio me recuerda por qué son un gran pueblo, excesivo en sus miserias y heroicidades, en su capacidad para proponer juicios profundos y sencillos, exigentes y humanos.
Frente a la maldad más terrible, como frente a las pequeñas maldades de la vida, sólo caben tres posibilidades. La primera es mirar para otro lado. La segunda es condenarlo maniqueamente, como si nosotros fuéramos santos. La tercera y más difícil: condenarlo sabiendo que ninguno estamos libres de caer en él, y aceptar que nuestra única lucha posible es tratar de hacer nosotros, personalmente y cada vez, lo correcto.






