ANÁLISIS DE CULTURA
Y a Rembrandt aún le salen novias

Por Marta G. Bruno
2 min
Cultura15-10-2014
Pasear a través de una galería de arte y notar sus miradas clavadas. Sentir algo especial al mirar ese rostro con ojos penetrantes, humilde y melancólico. No es más que un puñado de pinceladas de óleo enmarcadas. Pero en su conjunto despiertan ese algo especial, como un ser humano es un puñado de átomos transmisores de apoyo, enseñanzas, rencor, odio. Analizar la obra de un artista supone descubrir el paso del tiempo sobre la fuerza del pincel, resquebrajado por la pobreza y el declive. Es como estudiar hoy una biografía de Facebook, el Timeline de un famoso, la biblioteca de un amigo. En ocasiones los colores dan paso a las sombras fúnebres. El trazo vigoroso a la ligereza experimental. Sorprende, a veces mata. Creatividad o desasosiego. El paso del tiempo es un misterio maravilloso. A Rembrandt le ocurría lo primero. Aturullado por las desavenencias propias de la época, de aguda arruga plasmada en el autorretrato, obsesión por uno mismo, uno tras otro me pinto con el torso cada vez más avejentado. Y un loquero de los de antes, o psicoanálisis, o coaching según los últimos tiempos, debería haber analizado al artista holandés como a Van Gogh, como a todos esos genios que esconden material valiosísimo para la ciencia. Y pasó de halagar a pintar lo que le dio la real gana. Aunque supusiera pasar del culmen del éxito a la nada. De ser envidiado a no ser notificada su muerte de una manera “oficial”. Del perfeccionismo a la pura anarquía. Y a lo mejor no presidiría exposiciones hoy si no hubiera perdido su mansión, si no hubiera notado el vaivén de la montaña rusa que supone pasar de las benevolencias económicas al mendrugo de pan diario, si no hubiera sufrido la viudedad con el peor de los mantos negros. Las generosidades le llegan a uno difunto. Tarde pero merecido. Y todo fue porque se salió de la norma. En esta sociedad ese “desvarío” se suele pagar después de muerto, palos y machetes en vida, clavos que merecen la pena. De Rembrandt salía como fuego de sus cuadros, cuanta luz con la que brillarían sus ojos en presencia del devenir del tiempo. De ese destello que solo aparece como respuesta biológica a la emoción. Un amante del claroscuro. Y la mujer bañándose en el arroyo sería antes tan poco femenina como natural es hoy. Y a Rembrandt le siguen lloviendo novias. Las generosidades, vaya, se reciben tarde. Y entonces las desvergüenzas no se podían tapar tras los cristales de unas gafas rayadas de marca, como ahora. La naturalidad del fracaso, hecho obra de arte.
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Marta G. Bruno
Directora de Cultura de LaSemana.es
Licenciada en Periodismo
Estudio Ciencias Políticas
Trabajo en 13TV
Antes en Intereconomía TV, La Razón y Europa Press






