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IMPRESIONES

Metáfora del «nativo digital»

Fotografía  (©foto: )

Por Álvaro AbellánTiempo de lectura3 min
Opinión09-07-2014

Algunas imágenes o metáforas son tan poderosas que hacen fortuna; y si además resultan ser ambiguas, su caudal se torna en infortunio, porque inundan el sentir general de terribles confusiones. Es el caso de la expresión «nativos digitales», que implica a su vez la existencia de «inmigrantes digitales».  Yo mismo me concebí, mediados los noventa, como un «colono» que exploraba y conquistaba la tierra virgen de la recién aparecida World Wide Web, territorio, por cierto, que los llamados «nativos digitales» confunden con internet, cuando ésta apareció décadas antes y ha trascendido, con mucho,  la web. Sin embargo, siempre me extrañó el concepto de «inmigrante digital», puesto que yo no tenía ninguna intención de abandonar mi patria analógica. La idea de que el mundo físico es nuestro hogar natural y el mundo virtual es un invento tecnológico y artificial a conquistar lleva confundiendo a los teóricos –y al común de los mortales– durante décadas.  El hombre –repetía Julián Marías mucho antes de que apareciera internet– es un «animal de irrealidades», es decir, un ser que vive de lo que todavía no es –y, tal vez, nunca llegue a ser–, un ser que vive de lo que imagina que podría ser, de lo que en su inteligencia proyecta y su voluntad persigue, aun a sabiendas de que, muy probablemente, fracasará en su intento. Dicho a la inversa, podríamos añadir nosotros que, si algo no es el hombre es un mero «animal del mundo físico». O, con Marías, y en la jerga tecnológica, podríamos decir que «el hombre es ese animal consagrado a la tarea de hacer real lo que primero fue virtual». El dilema entre lo real –reducido a lo físico– y lo virtual –reducido a lo tecnológico o a una falsa espiritualidad binaria y caprichosa– es falso y nos conduce a debates absurdos sobre lo artificial y lo natural, a dualismos erróneos entre lo físico y lo virtual. Es mucho más luminoso plantear la cuestión desde el contraste entre lo virtual –lo imaginado, proyectado o soñado– y lo efectivamente real –en cuanto que ya realizado–. Un contraste, por cierto, que ya plantearon en esos mismos términos los pensadores medievales. El otro malentendido al que nos ha arrastrado esta metáfora es el de pensar que los «inmigrantes digitales» somos más torpes e inadaptados que los «nativos digitales». Eso no es así por varias razones. La primera es que el mundo digital y el físico no son dos mundos independientes. No es verdad que los menores de 15 años sean de un planeta distinto al nuestro. Aunque aprendan antes y de forma más intuitiva que nosotros la mecánica de las tecnologías, eso no significa que sepan usarlas. Porque fueron concebidas por adultos, con motivaciones, intereses y mentalidad de adultos, y eso, cualquier niño, por muy «nativo digital» que sea, lo tendrá que aprender de sus mayores.  La segunda razón es la «brecha digital» que separa a abuelos y nietos. No tanto en el sentido de que los abuelos quedan fuera del juego tecnológico, sino en las repercusiones que eso tiene para los nietos. Los pequeños se mueven en un mundo en el que no conviven con sus mayores, lo que les impide aprovechar la sabiduría de los antiguos y han de aprender solos –y a golpes– lo que antes aprendían en familia. En este terrible sentido, los llamados «nativos digitales» están menos formados para el mundo –que siempre es a un tiempo virtual y real– que cualquiera de las generaciones anteriores.

Fotografía de Álvaro Abellán

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Doctor en Humanidades y CC. Sociales

Profesor en la UFV

DialogicalCreativity

Plumilla, fotero, coach