ANÁLISIS DE CULTURA
Consejos sin propaganda

Por Marta G. Bruno
2 min
Cultura02-04-2014
“Yaya, cuéntame cómo pasaste la guerra”. Una buena compañera me recomendó que entrevistara a mi abuela, fuente de sabiduría y de humilde pensamiento, como fiel recuerdo de nuestra historia. Y sorprende cómo aquellas generaciones cuentan las crueldades que vivieron con una naturalidad que huele a amargura oculta en lo más hondo del corazón y que es mejor no sacar a la luz para no remover malos recuerdos. “Vinieron los rojos y se dedicaban a ir robando por las casas. Si no me das esto te fusilo, amenazaban. Así que por salvar sus vidas la gente daba lo que tenía. Como había pobreza estaban deseando robar el grano de los ricos. Lo hicieron mal y ya está”. No era ni de un bando ni de otro. Le tocó sufrirla desde esa perspectiva. Simplemente tuvo que adaptarse a esa situación sin hacer daño a nadie. Palabras textuales de una niña que había pasado su niñez en Francia entre algodones, a la que otra gran guerra la había arrastrado a sus raíces, a un pequeño pueblo manchego donde le esperaba un sinfín de anécdotas y recuerdos que sembrarían su vida adulta. Han pasado 75 años desde entonces. Los testimonios vivos de aquellos días se cuentan con los dedos de una mano, y ahora España vive una democracia heredada, tratada con insolencia y con maneras desagradecidas. Cada vez quedan menos voces vivas que alarmen de que una guerra no es cuestión de pegar cuatro tiros, es algo más que destroza familias enteras. 75 años después de aquellas andanzas a base de fusil España se ríe de sí misma con una película que demuestra el complejo individualista que el país sufre. 8 apellidos vascos puede ser más o menos graciosa, tosca o repleta de tópicos. Pero cuando las calles huelen a odio uno debe aprender a reírse de sí mismo para desdramatizar la situación política y social en la que estamos sumidos. Algunos pensarán y de hecho han pensado que recurrir al humor a lo José Luis López Vázquez –sin quitarle méritos a un peso pesado del cine español- es como volver a los tiempos más “naftalinos” de la época franquista. La solución no siempre pasa por el masoquismo del cancionero que machaca idealismos y la prosa que hunde el dedo en la llaga. No son métodos evasores, son ideas para aclarar mentes obcecadas con demasiada demagogia metida con calzador. Mi abuela murió cuando la crisis más ahogaba y con su mente más lúcida que nunca animaba con consejos de la que ha vivido penurias de verdad, sin estar manchados de propaganda interesada. Sus cicatrices cerraron con la sabiduría que da los años, pero se fue sabiendo que las heridas del resto se abrían en la oscuridad de las medias verdades.
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Marta G. Bruno
Directora de Cultura de LaSemana.es
Licenciada en Periodismo
Estudio Ciencias Políticas
Trabajo en 13TV
Antes en Intereconomía TV, La Razón y Europa Press






