ANÁLISIS DE CULTURA
Sana concordia

Por Marta G. Bruno
2 min
Cultura26-03-2014
Esta cronista no cuenta con las vivencias de aquel año en que el España levantó la mirada hacia los derechos democráticos fundamentales. Pero ha podido disfrutar de los cimientos: de la retirada de la Ley de Prensa e Imprenta y la libertad de expresión que Suárez proclamó a los nueve meses de su toma de posesión, y lo que la Constitución refleja en firme en su artículo 20. A esta aún joven periodista le cuentan que a Suárez no le gustaba demasiado leer ni la cultura en general, aunque sí hiciera sus pinitos en el mundo del cine como extra en Orgullo y pasión. A ese joven disfrazado de guerrillero le faltaban 20 años para luchar sin uniforme. Quedarían después demostrados sus vocacionales dotes como ilustre comunicador. Un actor que sin embargo poco interpretaba en sus discursos. Eran palabras hondas, de las que penetran en el oyente. Alejadas del actual discurso hueco y superficial que se aprende un partido en bloque cual papagayo. Es ese legado el que hoy pende más que nunca de un hilo a punto de quebrarse. En las calles suenan las voces de los que quieren sentenciar al Gobierno en la calle y se olvidan del resultado de las urnas. Se olvidan de que el que está por encima de nosotros está ahí porque así lo quiso una gran mayoría. Se olvidan de que ha costado muchos sacrificios llegar a obtener ese derecho. La libertad de expresión sacó al diablo que muchos llevan dentro. La pregunta es, ¿hemos abusado de ese derecho? ¿es posible ese supuesto? y si eso fuera así, ¿de quién es la culpa? ¿de verdad existe ese derecho en la práctica? Muchas preguntas y demasiada melancolía se respiraba en la larga espera para dar un último homenaje al primer presidente de la Democracia. Los años de experiencia que portaban muchos de los pacientes asistentes daban fe de que esto no es lo que él quisiera. Y los “nuevos” se peguntan si de verdad existe esa libertad de prensa, si la democracia era así cuando se concibió, o si en realidad ha habido alguna vez democracia, o en el peor de los casos, si España sabe vivir en ella. Muchos critican que se homenajeen los éxitos del difunto y se dejen pasar en vida. Que hoy se le coloque en un pedestal cuando antaño le llovían aguijones envenenados de odio y envidia. Pero más quisieran cualquiera de los que nos ha gobernado desde entonces conseguir esa sana concordia de la que deriva todo lo demás.
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Marta G. Bruno
Directora de Cultura de LaSemana.es
Licenciada en Periodismo
Estudio Ciencias Políticas
Trabajo en 13TV
Antes en Intereconomía TV, La Razón y Europa Press






