ANÁLISIS DE SOCIEDAD
Casarse de blanco

Por Almudena Hernández
2 min
Sociedad12-03-2014
No se puede olvidar. El tiempo tapará los detalles, pero aquella sensación de mezcolanza de miedo, tristeza y rabia nos acompañará siempre. Era jueves y era marzo. Y la memoria hace repasar la agenda de aquel día casi primaveral como si fuese la de ayer. Muchos españoles desayunamos café y galletas aderezados con la hiel de la noticia de los atentados de Madrid. Lo que ocurrió después quedó grabado. Y eso que no todos estuvimos en Atocha ni en los otros escenarios negros de aquel día. Y eso que no todos tenemos cercanía con las víctimas de los atentados. Casualidades de la vida, aquel jueves negro tenía cita para recoger mi vestido blanco: el vestido de los vestidos que estrenaría unos días después. Eran poco más de las cinco de la tarde, el sol coloreaba el centro de Madrid como si lo estuviera iluminando el pincel de Antonio López pero el corazón de las campanadas y el turisteo tiritaban en la umbría con la amarga sensación del cuerpo presente y el luto. Cogí el metro. Con miedo. Estaba prácticamente vacío. Y llegué a aquella tienda donde hasta la dependienta comentó la desgracia del día. Todo el mundo hablaba de lo mismo. Numerosas clientas habían suspendido su cita porque no encontraban ánimo para pruebas de gasas, tules y organzas blancas. Después llegaría otra de esas imágenes que no se olvidan. Un rato después, con el vestido en la mano, crucé la Puerta del Sol. Decenas de llamas de velas crepitaban con timidez en un altar improvisado. Tremenda sensación. Aquel peso en los brazos que simbolizaba una nueva vida combatía su simbolismo con el homenaje a quienes dejaron de soñar. Años más tarde, quizás también por casualidades de la vida o por los designios con que sorprende esta bendita profesión, tuve la oportunidad de entrevistar a varias víctimas del 11-M que sobrevivieron a la masacre. Su historia de esperanza también tuvo un capítulo de gasas, tules y organzas blancas. Y en su historia también hubo pundonor para darle la vuelta a la tragedia: si en Atocha quedó seriamente magullada y la bomba le provocó serias discapacidades y dolorosas secuelas físicas y psíquicas, en Atocha también tendrían que caber las buenas noticias: se casó en Atocha. La lástima es que tras las lecciones que aprendió la sociedad española aquellos días, que olvidó muchas de las nimiedades que agobiaban al personal en el ajetreo cotidiano, muchos politizaron la tragedia. Y, desde entonces, el café con galletas que desayunan las víctimas se adereza con la hiel de un debate absurdo, que a veces sólo se endulza con la esperanza de sueños como casarse de blanco y hacerlo también en Atocha.
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Almudena Hernández
Doctora en Periodismo
Diez años en información social
Las personas, por encima de todo






