IMPRESIONES
El infierno del yo

Por Álvaro Abellán
2 min
Opinión06-03-2014
El hombre, a diferencia del animal, no sólo tiene “voz”, sino “palabra”. El hombre tiene “palabra” porque tiene algo que escuchar; y porque tiene algo que decir. El hombre es constitutivamente social o comunitario. La soledad no es el estado natural del hombre; es sólo condición de posibilidad y lugar de precipitación del “encuentro” interpersonal. Estas son las tesis del filósofo austriaco Ferdinand Ebner. Si aceptamos, aunque sea provisionalmente, estos planteamientos, nos será fácil descubrir algunos corolarios. Por ejemplo: que el verdadero infierno del hombre no son los otros, sino el yoísmo. Y que la forma más violenta de tratar a un ser humano es retirarle la escucha y la palabra. He visto a muchas personas preocupadas por otras e insatisfechos por cómo marcha el mundo. También las he visto muy afectadas o, dicho con toda crudeza, muy puteadas por otras. Pero esas personas no son infelices. La insatisfacción es la cruz de una moneda cuyo rostro es el deseo, el anhelo, el ideal, el proyecto, el valor… conceptos sin los cuales no podemos comprender las mejores realizaciones de la vida humana. Las únicas personas realmente infelices que he visto son las incapaces de ver más allá de sus narices. Las que juzgan todo desde su miserable y estrecha perspectiva. O, dicho desde otro ángulo: las que no viven en el mundo, sino solas y encerradas en su propio mundo, en su propia visión de las cosas, en su microcosmos de mediocridades y culpabilidades propias y ajenas. Las que bailan entre el “todo es culpa de los demás” y “todo es culpa mía”, afirmaciones desde las que, ciertamente, es imposible tomar alguna determinación sensata sobre la propia vida. Gracias a Dios, esos momentos de mezquindad de la mirada, la inteligencia, el corazón y el espíritu, suelen ser puntuales. De otra forma, la vida se hace imposible hasta el punto de invocar a gritos la muerte como única alternativa. Es lo que Ebner llama “el infierno del yo” y es la más terrible de todas las enfermedades del alma. De esa situación se sale con un movimiento sencillo, pero ciertamente heroico: dejar de pensar en uno mismo y empezar a preocuparse por el bien de otro. Logrado ese sencillo desplazamiento, todas las miserias y limitaciones palidecen. Hasta la cuestión de la culpa, propia y ajena, pasa a un segundo plano. Lograr ese salto, probar esa experiencia, sabe tímidamente a cielo.






