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IMPRESIONES

Cómo acabar con el ser humano

Fotografía

Por Álvaro AbellánTiempo de lectura5 min
Opinión06-02-2014

Tengo la impresión de vivir uno de los periodos más sádicos de la Historia de Occidente. No porque nuestra época sea más violenta que las anteriores –cuestión nada fácil de discernir–, sino porque la violencia de nuestra época es la más sutil e invisible de todas. El sadismo es esa terrible forma de violencia disfrazada de ternura. Es difícil de descubrir, porque se presenta como algo beneficioso para ti. Una vez descubierto, también es difícil de combatir, porque normalmente el sádico se piensa que te quiere y en realidad es así, lo que pasa es que te quiere como se quiere a una chocolatina o a una mascota. El sádico es incapaz de quererte como a un ser humano y, por lo tanto, de tratarte con la dignidad que te es propia. De ahí que el sádico esté fácil y tercamente convencido de que te está puteando para bien, lo que pasa es que todavía no te has dado cuenta de su amor. El sadismo es el modo en el que el Estado o la Sociedad trata a los hombres en distopías como 1984 y Un mundo feliz. Un gran sádico es Christof, el creador de El Show de Truman, quien compra a un bebé para tele-dirigir su vida entera hasta convertirlo en la estrella televisiva más importante de todos los tiempos. Fruto del sadismo es el protagonista de Homeland, que ya no sabe de sí mismo si es traidor o patriota; y sádica es la relación que él mantiene con la agente del FBI, en la que nunca sabemos –ni ellos mismos saben- si buscan el bien o la aniquilación del otro. Si la literatura, las series y el cine nos hablan del sadismo es porque lo leen como una de las claves de nuestro tiempo. Yo lo encuentro especialmente reflejado en el ámbito educativo e investigador, pero estoy seguro de que eso es así porque ese es mi ámbito de referencia más inmediato. Sirvan estos tres ejemplos: el de un alumno de instituto de 14 años, el de una investigadora española fichada por la NASA y el del sistema de reconocimientos que sostiene todo nuestro sistema educativo (tanto la evaluación del alumno como la capacitación del profesorado). «Se llama A., tiene 14 años y está hasta la polla del instituto». Antes era un gamberro y ahora un autómata. Es un absoluto fracasado y podría perfectamente dilapidar su vida... por culpa de cómo hemos articulado lo que solemos llamar “derecho a la Educación”. El de A. es un ejemplo típico –podría ser la historia de muchos de nosotros– de cómo el buenismo fiscalizador del sistema educativo puede acabar con el ser humano. Amaya Moro-Martín es una reconocida científica española que regresó a su patria para trabajar en el CSIC con un contrato Ramón y Cajal. Amaya publicó el pasado verano una carta abierta Mariano Rajoy en la que despotricaba contra el sistema de acreditación y reconocimiento de la investigación en España. Viene a decir más o menos lo mismo que el Alumno A. («Estoy hasta la polla de ustedes»), solo que su formación y experiencia vital le permite decirlo con mayor elegancia y sobradísimas razones. Amaya emigra a EE UU (a trabajar en la NASA) porque allí se fían de su palabra y su competencia, mientras que aquí fiscalizan su trabajo hasta el punto de que invierte más tiempo justificándose ante la Administración (personas que no pueden comprender el ámbito de investigación de Amaya) que haciendo lo que se supone que debe hacer: investigar. Parte del problema de este sadismo institucional está en que quienes gobiernan no confían en los gobernados y, por lo tanto, han de regular, legislar, controlar, evaluar y fiscalizar a todos, por el bien de los gobernados. Contribuye a ese sadismo el que los que gobiernan pretenden hacerlo también sobre lo que no comprenden. Son burócratas los que dicen a los docentes cómo enseñar y a los investigadores cómo investigar. Por último, resulta también sádico obligar al gobernado a justificar constantemente su labor, a (sobre)vivir gracias al reconocimiento de sus superiores. En definitiva, bajo la máscara del buenismo, el sádico reduce a sus seres queridos, o a sus queridos subordinados o gobernados, en sus mascotas. Lo intuyó genialmente el poeta Robert Walser, quien prefería ser nadie a dejarse arrastrar por el sadismo del reconocimiento de las masas. ¿Alguien se atreverá a decir que Justin Bieber es víctima de ese sadismo que es la espectacularización de la vida humana? Walser se expresó así: «Cuando los hombres empiezan a contabilizar éxitos y reconocimiento se ponen casi gordos de autosatisfacción saturadora, y la fuerza de la vanidad los va inflando hasta convertirlos en un globo irreconocible. ¡Libre Dios a un hombre honrado del reconocimiento de la masa! Si no lo vuelve malo, sólo servirá para confundirlo y quitarle fuerzas». ¿Cómo acabar con el ser humano? Sigamos haciendo lo que seguimos haciendo. ¿Cómo salvarnos de la acción de este sistema estructuralmente sádico? He citado a tres testigos en este artículo. Los caminos de cada uno han sido muy distintos; y puede haber tantos como personas. Pero los tres coinciden en un punto clave: no se han dejado atrapar por los sádicos. En los tres casos, cuando los sádicos llegan con sus ansias de controlar y buscando que A, Amaya o Robert se arrodillen para ser objeto así de reconocimiento y estima, nuestros tres amigos responden, con mejor o peor retórica: «Estoy hasta la polla». De esa forma, dejan a los sádicos en busca de otros masoquistas y ellos pueden dedicarse, sin dar explicaciones –que el sádico no puede entender–a hacer lo que tienen que hacer, que es algo que, cuando el sádico no viene a pervertirlo, siempre les apasiona.

Fotografía de Álvaro Abellán

$red

Doctor en Humanidades y CC. Sociales

Profesor en la UFV

DialogicalCreativity

Plumilla, fotero, coach