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IMPRESIONES

La amistad civil y el Real Madrid

Fotografía

Por Álvaro AbellánTiempo de lectura3 min
Opinión16-05-2013

La llegada de Mourinho al Real Madrid me pareció oportuna e inspiradora. Por primera vez en mucho tiempo, parecía que las decisiones deportivas iban a estar en manos del entrenador, y que él tendría más peso en el vestuario que los jugadores. Eso, así dicho, requiere muchos matices, pero menos que el afirmar, también sin matices, que debe fichar el presidente o que deben mandar las estrellas del vestuario. Nunca antes defendí a Mourinho (nunca lo ha necesitado) y decirlo ahora no sé si es valiente o temerario. El caso es que me parecía importante reconocer ese valor antes de explicar por qué creo ahora que su salida del club es necesaria. Espero evitar así la impresión del oportunismo o del encasillarme entre los incondicionales de Mou, sea a favor o en contra de él, que los ha tenido siempre. La vida familiar pero, sobre todo, la vida social y empresarial, y el trabajo en equipo, exigen de una vieja virtud que los griegos llamaron amistad civil, que defendieron los romanos y que sólo perdió fuerza ante una propuesta mucho más atractiva, aunque también más difícil y, por lo tanto, mucho más débil de defender y ejercer en la práctica real: la fraternidad universal de la cosmovisión cristiana. Sin duda, podemos entender que Casillas y Mourinho no se traten como hermanos, pero si los miembros de un equipo no son capaces de desarrollar esa amistad civil, difícilmente lograrán los éxitos que se esperan de un equipo de alto rendimiento. La amistad civil no es tarea fácil. Empieza por el gobierno de uno mismo. Exige ser dueño de las propias palabras, de los silencios, de las pasiones, de los caprichos, exige confianza y generosidad, apertura al distinto, educación, buen trato, un alto sentido de la justicia que busca hacer y devolver favores, resultar útil a los demás y estar al servicio de una tarea común. Implica también saber exigir -con el tacto adecuado- a los compañeros que sean útiles, que devuelvan los favores, que resulten valiosos y que se sacrifiquen por otros. Mourinho tenía fama de cuidar muy bien de los suyos y de hacer muy buenos amigos. Lo que no sabíamos es que esa amistad era cerrada, de clanes, muy poco universal y más centrada en su persona e imagen que en la tarea común que le une a sus jugadores. El banquillo del Madrid -sea por el club, por la afición, por la prensa, por la presión…- exige mucho, y Mou ha salido derrotado. Da igual lo frío y calculado que parezca -o que de hecho sea- todo lo que hace ahora. Aunque siga un guión fríamente pensado, se equivoca, y permanecer en el error es permanecer en la derrota en la batalla más importante que tenemos entre manos, que es la batalla con nosotros mismos, la batalla por el buen gobierno de nuestra propia vida. Algunas de sus declaraciones y actuaciones hicieron ya antes daño al fútbol. Las de estas últimas semanas, dañan a sus jugadores, a su club y a su persona. Quizá las anteriores debieron ser una señal que a él mismo y a su entorno le hubieran podido servir para prevenir éstas. Pero de eso ya no sabían los griegos, ni los defensores de Mourinho tras el dedazo a Tito. Los griegos creían en buenos y malos, en cuidar de los amigos y dañar a los enemigos. Y algunos pensaron que el Barça o la UEFA eran enemigos. Ahí también se equivocaron. Quizá le convenga al madridismo recuperar a personas como Del Bosque, ejemplar en esa vieja idea cristiana de la fraternidad universal que la que el rival es también hermano y en la que el cuidado de las personas, de todas las personas, es un presupuesto anterior al logro de cualquier otra victoria.

Fotografía de Álvaro Abellán

$red

Doctor en Humanidades y CC. Sociales

Profesor en la UFV

DialogicalCreativity

Plumilla, fotero, coach