ANÁLISIS DE SOCIEDAD
Surcos en la cara

Por Almudena Hernández
2 min
Sociedad30-04-2013
Tienen surcos en la cara. Y si no los tienen, porque se han dado cremas y la vida les ha premiado con la genética o una existencia lejos de la dureza y la intemperie, ya se encargará poco a poco la misma vida de esculpírselos en la piel, ya sea la del rostro o la del alma. Los años pasan. Los años pesan. Y aunque quizás digan que no pondrían la mano en el fuego ni por un hijo, en el momento dado se abrasarían las palmas que una vez acunaron bebés en el regazo. Apostar todo a la madre es ganar. Por favor, señores, abran juego. Algunas madres piensan que están en segundo plano, detrás de grandes hombres que el mundo no atina a descubrir, permanecen en la popa del barco, guardan las cosas en su corazón como la mejor de todas ellas, atentienden a todo, con ese séptimo sentido tan inexplicable a las mentes blandas de los simples mortales. Por eso son tan reales esos surcos de la cara. Tan verdaderos. Tan de madres. Propios de ganadoras profesionales. Si las madres dirigiesen los bancos, gestionasen los gobiernos, luciesen las puñetas de la Justicia, presidiesen los periódicos, pilotasen los aviones de guerra e, incluso, llevasen la batuta de las orquestas filarmónicas, quizás el mundo sería bien distinto: con el dinero mejor repartido, con leyes más cercanas al pueblo, sentencias como las del Salomón que descubrió a la madre verdadera que veló por el bien de su pequeño, con titulares a ras de calle, con los dedos menos ágiles para disparar bombas y con melodías eternamente distintas y sentidas. ¿Otra ronda de apuestas? Continúen, si son tan amables... Pero ese mundo de las madres, además de distinto sería también el mismo mundo a pecho descubierto, con sentimientos a flor de piel y lectura entre líneas, donde las flores más pequeñas importasen, o el llanto del crío desvelase el sueño. Efectivamente, sería un mundo diferente, con padres incluidos. Por eso las madres tienen y tendrán surcos, en el espejo de la tez y en el alma. No hay cosmético que hidrate tantos desvelos sin pedir nada a cambio, tanta entrega en cualquier cosa y tanto sacrificio propio por el bien de los demás. Y aunque quizás digan que no pondrían la mano en el fuego ni por un hijo, estoy segura que mi madre, con sus bonitos ojos azules rodeados de arrugas, si tuviese que perder la vida por parirme de nuevo lo haría.
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Almudena Hernández
Doctora en Periodismo
Diez años en información social
Las personas, por encima de todo






