IMPRESIONES
¿Hay algo más allá de las palabras?

Por Álvaro Abellán
3 min
Opinión18-04-2013
Soy un defensor radical del valor de la palabra. Cuando alguien me recuerda eso de que “una imagen vale más que mil palabras”, pienso: es cierto, pero lo vale, precisamente, porque contamos con más de mil palabras. Si careciéramos de un lenguaje convencional que pusiera nombre a las cosas y las articulara discursivamente, con su orden gramatical y sintáctico, esa imagen de la que hablamos permanecería muda. Sólo podríamos reaccionar instintivamente frente a ella, al modo de estímulo-respuesta. Sentiríamos hostilidad o atracción. Poco más. La imagen es significativa para el hombre porque el hombre tiene palabra, que es, precisamente, la forma en que significamos o damos sentido a toda la realidad. Otras veces escucho que lo importante es la acción, no la palabra. Y entonces pienso: esa acción a la que deben referirse ha de ser una acción significativa. Y sólo puede ser significativa en la medida en que es fruto de la palabra (ha sido pensada por algo y para algo) y en la medida en que ella misma es palabra (pretende significar algo y tener sentido para alguien). Cuando una acción no es palabra, es pura reacción o activismo. Es decir, es una acción sorda y muda. Sin embargo, en esta ocasión, creo que casi por primera vez, voy a escribir contra las palabras. Lo hago de la mano de Platón que, cuando tuvo noticias de que el tirano Dionisio había escrito un libro en el que revelaba todos los secretos de la Filosofía, respondió, sencillamente, que eso era imposible. “No hay ni habrá nunca una obra mía que trate esos temas [escribió en su carta VII]; no se pueden precisar como se hace en otras ciencias, sino que después de una larga convivencia con el problema y después de haber intimado con él, de repente, como la luz que salta de la chispa, surge la verdad en el alma y crece ya espontáneamente”. Por “estos temas” se refiere Platón a la Verdad, al Bien, a la Justicia, a la Belleza. Podemos pensar que no dejó de escribir sobre ello. Pero él mismo nos revela que no es así. Sus diálogos más profundamente socráticos son una invitación a intimar con el problema. Y a hacerlo en la íntima convivencia entre maestro y discípulo, en la que ambos entregan su vida a la iluminación de ese tema. Cualquier otro método, cualquier otro intento, cualquier formulación sistemática de esa luz que salta de la chispa, es ya otra cosa. Se torna discurso vacío que manosea el misterio y las personas que hacen esos acaban, bien despreciando el misterio, bien hinchándose de vana y necia suficiencia. Recuerdo ahora al Sócrates de La República que, cuando llega a la cuestión del Bien que está más allá de las ideas, enrojece de vergüenza y dice que sólo puede balbucear cuando lo contempla, y que no es capaz de articular discurso sobre ello. Recuerdo también a los místicos castellanos, que sólo en la poesía encuentran una forma imperfecta para su experiencia perfecta. Me reconozco en ellos –salvando las distancias- cuando, más veces de las que me gustaría, me veo en la obligación de contarle a alguien que no tiene esa experiencia en qué consiste “la asignatura” que enseño, pues pretende “replicar” el “modelo”. Es en esa, y en muy pocas otras experiencias –con mi mujer, mi familia, mis colegas, mis amigos, mi oración-, cuando veo con total claridad que no sirven las palabras. Es más: que, reproducidas mis pobres palabras en boca de otro, se tornan con una facilidad terrible y espantosa en superficialidad o vana suficiencia. Por eso entiendo a los poetas y a los artistas cuando dicen que escribir y exponer su obra es como morir. Un poco.






