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SIN CONCESIONES

El plasma de Rajoy

Fotografía

Por Pablo A. IglesiasTiempo de lectura4 min
Opinión08-04-2013

Un esqueleto con una pantalla de plasma pegada a los hombros. Una cabeza tan cuadrada como el monitor a través del que habla. Un político tan transparente como el cristal que reproduce sus discursos. Y hay más para continuar... En la última semana han aparecido multitud de chistes, críticas repletas de sarcasmo, ironías y ácidos reproches contra Mariano Rajoy por sus comparecencias ante los medios de comunicación. Nunca han sido abundantes, de lo cual siempre nos quejamos los periodistas que llevamos años años tras su espalda. Pero su fama ha traspasado fronteras tras las dos últimas apariciones en la sede del Partido Popular para defenderse del extesorero Luis Bárcenas. No es para menos. La televisión de plasma que reproduce sus discursos ya es más conocida que muchos dirigentes del Gobierno. Pocos saben los nombres de los ministros de Rajoy pero todo el mundo sabe a estas alturas lo del plasma del presidente. Los periodistas trabajamos para contar la verdad. Esa es y debería ser nuestra única misión. Cuando alguien comparece a través del monitor, la verdad aparece manipulada y más distante. Sin embargo, hay ocasiones en las que un plasma acerca la verdad a la prensa y a los ciudadanos. Dos de esos casos son, precisamente, los dos últimos en los que fuertemente se ha criticado a Rajoy. Quienes llevamos más de una década pisando la sede nacional del PP y cubríamos las reuniones internas del partido en tiempos de José María Aznar sabemos que el plasma se inventó hace mucho tiempo y le estamos profundamente agradecidos. Quienes, además, hemos pisado también la sede del PSOE y hemos informado en reuniones similares durante la era Zapatero sabemos que es habitual y a la vez necesario. Hasta en la sede de IU he tenido que cubrir discursos de Llamazares y Cayo Lara a través de una pantalla. En todos los casos eran reuniones privadas y no ruedas de prensa. Por eso nadie protestaba y por eso todos trabajábamos gustosamente. Entre otras cosas, porque antes de que existiera el famoso plasma todas esas citas eran a puerta cerrada. Por lo tanto, la verdad quedaba aún más lejos. Nunca escuché a un periodista quejarse cuando Zapatero empleaba esa fórmula. De hecho, no hubiera tenido sentido hacerlo. Tampoco lo tiene ahora con Rajoy cuando abre a la prensa un discurso que otras muchas veces se produce en la más profunda intimidad. Sin embargo, se le ataca por el doble rasero, el mismo que genera escraches contra los diputados del PP cuando ellos no tienen culpa de los desahucios. No me importa repetirlo, aunque vuelvan a lloverme toda clase de insultos. Eso sí, que defienda el plasma de Rajoy cuando resulta idóneo no significa que justifique su falta de sensibilidad con la prensa. El actual presidente del Gobierno nunca ha compartido el papel de los medios de comunicación y sigue siquiera sin entenderlo. Una vez nos soltó que la nuestra era una profesión inferior a otras como la suya de registrador de la propiedad o la de abogado del Estado de Soraya Sáenz de Santamaría. Nos reprochó que no habíamos pasado una oposición como él. Recuerdo que me sentí triplemente ofendido: por haber estudiado una licenciatura, por haber culminado un doctorado y por impartir clases de Periodismo en la universidad. Ni siquiera hizo intención por escucharme. Pero su problema va más allá. Rajoy tiene razón con el plasma pero no con su falta de ruedas de prensa. En La Moncloa apenas comparece con motivo de las visitas de líderes internacionales. Pero en esas citas la tradición y el protocolo sólo permiten que la prensa española haga dos preguntas. El déficit de Rajoy, el que realmente provoca un agujero en su imagen pública, es la escasez de explicaciones a los ciudadanos y su progresivo alejamiento de la calle desde que ganó las elecciones generales. Antes recorría varios pueblos a la semana. Ahora están tan centrado en resolver la crisis que ni siquiera aporta razones con el porqué de sus reformas. Deja que la vicepresidenta lo haga una vez a la semana, como si eso fuera suficiente para contentar al país y a una manada hambrienta de periodistas. Rajoy nunca ha querido entender que los medios de comunicación son el instrumento para llegar a la gente y para convencer en sus ideas. En esto, Zapatero era un auténtico maestro. Pero Rajoy cree que uno de los fallos del expresidente socialista fue exponerse demasiado a la opinión pública. Así que él prefiere hacer lo contrario. Se esconde e incluso pide a sus ministros que le imiten. Se gana una fama inmerecida por el plasma. Pero lo cierto es que merece esa mala fama por todo lo demás.

Fotografía de Pablo A. Iglesias

Pablo A. Iglesias

Fundador de LaSemana.es

Doctor en Periodismo

Director de Información y Contenidos en Servimedia

Profesor de Redacción Periodística de la UFV

Colaborador de Cadena Cope en La Tarde con Ángel Expósito