ANÁLISIS DE SOCIEDAD
Plumas mojadas

Por Almudena Hernández
2 min
Sociedad03-04-2013
La desdicha de las desdichas: llueve. Llovió en Semana Santa, esas vacaciones de las que hasta los niños dudan. "¿Porqué lo llaman Semana Santa si no hay cole en diez días?", se cuestiona un inocente pequeño con su lógica aplastante. Otra historia será convencerle sobre la santidad de estos días, cuando sin ir más lejos más de un penitente ha maldicho al cielo por no poder lucir por las calles de su ciudad a "su" Cristo, "su" Virgen o "su" santo de turno. La desdicha de las desdichas. Menos mal que ahora hasta las encuestas dicen que tenemos un papa majo y que Francisco "sí nos representa", como si lo que dice y hace no lo hubiesen dicho y hecho sus predecesores. Con otro estilo, pero el mensaje es el mismo. Por ejemplo, también Benedicto XVI criticó la guerra. Aunque quizás cuando lo hizo a los medios no nos interesaban esas cuestiones tanto como el gesto sacado de contexto en el que diese la impresión de que el papa alemán era un inquisidor y un tipo duro. Que la realidad no estropee un buen titular... Pero llueve. Diluvia. El campo escupe agua y se fastidian las vacaciones, porque uno no sabe qué hacer con esa familia con la que no está acostumbrado a pasar tiempo. (¡Qué mala suerte! ¿Porqué tendrá que llover en primavera? ¿No decían los contadores de nubes que estábamos ante el cambio climático? Será el mismísimo fin del mundo y la lluvia, una señal.) Y los temblores de la isla de El Hierro entonces serán el signo indiscutible del fin. Pero ya se sabe que nunca llueve a gusto de todos. Que mientras unos tienen miedo por los seísmos -que poco a poco van ganando en intensidad-, otros se hartan a hacer fotos y, algunos intrépidos se arriesgan a una suerte de visita turística a la zona. Ver llover también puede ser un espectáculo. Un espectáculo dantesco si lo que cruza el aire es metralla, munición o el mismísimo fuego de una bomba nuclear. Da lo mismo que el mundo se entere de que el Papa denuncia las guerras. Lo seguirá haciendo. Sea quien sea. Y en lugares como Oriente Próximo, las Coreas, el corazón de África y Siria continuarán el sufrimiento y la barbarie. ¡Pero qué importan los muertos, los mutilados, las mujeres violadas y los huérfanos de guerra si llueve! Llueve y Dios no escucha o lo hace como quien oye llover. La paradoja. Pero ver llover también puede ser un buen espectáculo. Sobre todo si una docena de gorriones se cobijan en la ventana de casa de la lluvia hasta que brille el sol. Con las plumas mojadas no se puede volar. A ver cuándo nos enteramos.
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Almudena Hernández
Doctora en Periodismo
Diez años en información social
Las personas, por encima de todo






