ROJO SOBRE GRIS
Palabras mágicas

Por Amalia Casado
2 min
Opinión07-03-2013
Palabras. Desde pequeña fueron okupas de mi vida. No las invité a pasar: estaban allí siempre, haciéndose notar. Mi padre me contagió su gusto por ellas y su interés por hablar con propiedad. Me contagió una forma de escuchar, de ensoñarme y dejarme poseer por las cosas maravillosas. A él le gusta usar las palabras exactas y adecuadas para cada cosa. Me insistió mucho en que con las palabras entendíamos el mundo, actuábamos en él, acogíamos o rechazábamos, dábamos vida o matábamos. Después descubrí que en el silencio hay palabras invisibles, que el silencio también habla, y que las palabras no sólo se pronuncian o se escriben: también se dibujan o se cantan o se sueñan o se construyen o se callan haciendo eco en el vacío que dejan. Me di cuenta de que lo que dicen las palabras es más grande que las palabras mismas, e incluso más grande que su definición exacta. Un día, no sé cuándo, descubrí que son mágicas de verdad: no mágicas metafóricamente sino mágicas como una pócima o como el abrakadrabra. Hay cosas que cuando se dicen se cumplen dentro de nosotros. Alguien te dice “no te preocupes, no pasa nada”, y mágicamente la preocupación se esfuma sin dejar rastro y puedes continuar adelante sin el peso de la inquietud gracias al el encuentro con alguien cuyas palabras se llevaron consigo la mochila que tanto pesaba en tu corazón. A mí me ha pasado. Me ha pasado muchas veces. Me han dicho “te perdono”, y algo ha sucedido dentro de mí tan así, tan de magia, que sólo he podido llorar y llorar. Me han dicho: “confío en ti”, y un miedo a fracasar grande monstruoso e invisible ha sido exorcizado. Digo “mamá”, y todo lo que sé y lo que no sé de lo que significa esa palabra de repente se hace presente y me hace madurar. He dicho: “de acuerdo” y todo mi ser se ha convertido, mágicamente, en un “sí”. A veces me imagino las palabras como una cápsula invisible que contiene en sí una fuerza portentosa. Al contacto con nuestro ser, a través del oído o de la vista o hasta del gusto o el tacto, se activa la magia y las palabras hacen real aquello que dicen y mucho más. Un amigo que habla poco me dijo una vez una cosa preciosa de mí: “conviertes cada palabra en un salvoconducto”. Y yo doy gracias cuando me dicen cosas bonitas y verdaderas: en lo que me dicen que soy, como de forma mágica, en eso me convierto. Rojo sobre gris a Benedicto XVI: por todo en lo que me he convertido gracias a sus palabras. A su palabra. Y a La Palabra.
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Amalia Casado
Licenciada en CC. Políticas y Periodismo
Máster en Filosofía y Humanidades
Buscadora de #cosasbonitasquecambianelmundo






