ANÁLISIS DE SOCIEDAD
El Papa que reza

Por Almudena Hernández
2 min
Sociedad27-02-2013
El Papa se va. Cuelga la mitra, el papamóvil, la agenda diplomática, el anillo con su sello, el atril de los discursos, los viajes apostólicos, los ángelus multitudinarios, las audiencias públicas, los besamanos y las ceremonias. Pero el Papa se queda. Cierra la puerta y se esconde para el mundo. Se acabaron los flashes y los ojos indiscretos. Por fin el gran teólogo, el estudioso y el hombre poderoso que ha servido de guía moral a millones de personas durante los últimos ochos años podrá volver a ser el curita alemán con ánimo de profesor que un día tomó la sotana con un objetivo bien distinto a las presuntas novelescas tramas vaticanas aderezadas de conspiraciones, escándalos y humanidad de bajo coste. El Papa se va. Se va a rezar. Y quizás le ocurrirá como al tal Agustín de Hipona que tanto añoró no haberse dedicado desde antes a amar a Dios ("Tarde te amé", escribió el hijo descarriado de Santa Mónica). El Papa se va. A rezar. A su escondite. Fuera del alcance de los ojos del mundo. A buscar al Escondido. Dicen que el Papa alemán se va para ser el curita que tomó los hábitos por un crucificado. Y que así empezó todo. Como el Papa quiere que termine. Dicen. Dicen... Dicen que Benedicto XVI es agustino, y que ha bebido las letras de uno de los padres de la Iglesia, el tal Agustín de Hipona que se tomó un tiempito para enderezar su camino. Dicen que San Agustín se excomulgó en los días previos a su muerte. Que se dedicó a orar al Dios de lo escondido y a pedirle perdón. Pensó que, así, el encuentro con Ese por el que un día tomó los hábitos sería más esperado e inmenso. Como inmensa debe de ser la sensación de una Iglesia que tiene el privilegio de contar, en su clausura, con un Papa que se pasa el día rezando por ella.
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Almudena Hernández
Doctora en Periodismo
Diez años en información social
Las personas, por encima de todo






