IMPRESIONES
Lo que los ciegos sí ven

Por Álvaro Abellán
3 min
Opinión28-02-2013
Imagino la secreta alegría que invadió a la joven Helen Keller -sorda, muda y ciega- cuando supo de esa leyenda que representa a su querido Homero, el mejor contador de historias, como un hombre ciego. Ya escribí sobre esa paradoja la primera vez que tuve noticias de ella, hace algo más de cuatro años: El ciego que nos trajo la luz. No logro sustraerme a la posibilidad, por incierta que sea, de que tenía que ser un hombre ciego quien mejor nos mostrara “lo que es esencial a los ojos”, que sólo se ve con el corazón: el amor, la amistad, la rivalidad, la piedad, el honor, la justicia… En una carta que Helen escribió al reverendo Phillips Brooks, fechada el 8 de junio de 1891 (días antes de que Helen cumpliera 11 años), nuestra querida niña escribía: “Si no hubiera luz en sus ojos, querido señor Brooks, entendería mejor lo feliz que se sintió su pequeña Helen cuando su maestra le explicó que las cosas mejores del mundo, las más hermosas, ni se ven ni siquiera se tocan, sino que sólo se sienten en el corazón. Cada día aprendo algo que me da alegría. Ayer pensé por primera vez qué cosa tan linda es el movimiento, y me pareció que todo intenta acercarse a Dios. ¿A usted se lo parece?”. La ceguera y sordera físicas impidieron a Helen adquirir el lenguaje, hasta que conoció a su maestra, Anne Sullivan, a la edad de siete años. Cuatro años después, era capaz de pensamientos y desarrollos escritos como el que acabamos de leer. Además del inglés, su lengua materna, conocía suficiente latín y griego, alemán y francés, como para leer a autores en ese idioma, aunque no comprendiera bien la totalidad de los textos. En la historia de Helen Keller contrasta la velocidad con que aprendía a leer y escribir en diversas lenguas con la lentitud con la que debía leer una sola página. Había pocas obras importantes en el alfabeto Braille, por lo que la mayor parte de las veces era su maestra quién leía el libro y escribía en la mano de Helen, letra por letra, el contenido de la obra. De ahí que Helen masticase las palabras, memorizase poemas y páginas enteras y llegase a poner en su boca, de forma indistinguible, sus palabras y las de sus autores favoritos. Helen vio y oyó el mundo visible gracias a la literatura. Pero descubrió también en los libros lo invisible que la unía profundamente a todas las niñas que sí veían y oían. Su ceguera y su sordera físicas le permitieron ver y oír lo esencial. Su lentitud, sus soledades y sus silencios, le permitieron contemplar, asimilar y jugar en secreto con lo esencial, hasta llevarla a formular, a una edad muy temprana, pensamientos como el que nos regala en la citada carta. O como este otro: “Todos somos descubridores en algún sentido, al nacer completamente ignorantes de todas las cosas”. Lástima que muchos de los que tenemos luz en los ojos hayamos olvidado que siempre nos queda por descubrir más acerca de lo verdaderamente importante.






