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IMPRESIONES

La mentira de las verdades fácticas

Fotografía

Por Álvaro AbellánTiempo de lectura2 min
Opinión24-01-2013

He tratado de explicar en más de una ocasión por qué El Señor de los añillos es más verdadero que el periódico de esta mañana. En la obra maestra de Tolkien, en la épica de Homero, en las tragedias de Sófocles, en las aventuras de Steven Spielberg –disculpen el salto milenario- hay verdad porque esas obras captan y expresan lo universal de lo humano y tal vez, también, de lo mundano y lo divino. Lo que apneas me había propuesto en ocasiones anteriores es atacar al periódico de esta mañana. Defender una forma de expresar la verdad no exige necesariamente condenar otras formas de aproximarnos a ella. Sin embargo, autores mucho más insignes que yo, defensores también de la ética en el país de los elfos (Chesterton, Ortodoxia), aprovechan las loas a los cuentos para criticar las seguridades de la ciencia empírica. ¿Por qué? Creo que empiezo a entender sus razones. Su batalla no es tanto contra la verdad de los datos y los hechos, sino contra la falsa seguridad de quien los esgrime para justificar posteriores barbaridades. Mi querido colega Juan Pablo Serra me invitó a leer esta semana una entrada de blog titulada La falsa dicotomía entre lo fáctico y lo ficticio. Y en ella, su autor, Gabriel Zanotti, nos recuerda brillantemente que bajo la expresión “los hechos son los hechos” se oculta la falsa creencia de que los relatos de puros hechos son exactamente esos relatos, y no otros, independientemente del hablante. Dicho de otra manera: lo que llamamos lo “fáctico” -los hechos, lo incuestionable, lo que es sí o sí así, y hay que asumirlo-, no es, en realidad, sino “la ilusión humana de librarse de lo humano”. La mirada deshumanizada para no tener que deshumanizar luego lo que ya se presenta deshumanizado. La mirada ya derrotada de humanidad que exige una respuesta muy poco humana. Las diferencias craneales, el color de la piel, la altura y muchos otros datos y hechos incuestionables definieron la ciencia de los horrores a principios del siglo XX. Cualquier dato o hecho es ya previamente seleccionado en un horizonte de sentido. Es más, sólo se tornan significativos para un sujeto en la medida en que es capaz de encuadrarlos en un horizonte de sentido. En tiempos de crisis vendrán los agoreros de las verdades fácticas. Nos dirán que algunas medidas incómodas vienen determinadas sí o sí por los hechos y los datos. Nos venderán que las únicas soluciones posibles a lo “fáctico” son las que ellos proponen. Y habrá que recordarle a su soberbia e inhumana seguridad que la verdad no está en los datos ni en los hechos, sino en la sabiduría vital que es fruto del encuentro con otro, sus grandezas y miserias, sus miedos y esperanzas, sus dificultades y posibilidades, su dignidad inalienable y el ejercicio responsable de su libertad.

Fotografía de Álvaro Abellán

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Doctor en Humanidades y CC. Sociales

Profesor en la UFV

DialogicalCreativity

Plumilla, fotero, coach