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ROJO SOBRE GRIS

No te conozco y te quiero

Fotografía

Por Amalia CasadoTiempo de lectura2 min
Opinión25-01-2013

En blanco y negro, de esas antiguas, de esas de los álbumes de nuestros padres y abuelos. Así era la foto. Nos la pasábamos de mano en mano, y estábamos todos menos ella. No la conocí. Quizás la vi dos veces, o tres, pero sólo la recuerdo realmente en una. Tampoco por nada especial, tampoco porque cruzáramos más de dos palabras; quizás tan sólo porque era de las primeras veces que pasaba unas horas en la casa del que hoy es mi marido, y por unos momentos me quedé a solas con su madre y ella. Recuerdo dónde estaban sentadas. Y recuerdo dónde estaba yo. Recuerdo que debí contestar "sí" a una pregunta, y sonreír, y pensar que aquella era la famosa amiga de la familia a la que un día tendría que conocer: la mujer del padrino. Podemos llegar a querer y a echar de menos a una persona sin haberla conocido. Me pasó con ella. Me pasó cuando mirábamos aquella foto, en blanco y negro. Nos la pasábamos de mano en mano mientras comentábamos las trazas inconfundibles de la época, el día estupendo que pasaron en la playa, lo mucho que se parecían los hijos hoy a los padres entonces... pero entre los dos niños había tanto parecido que inicialmente había dudas sobre cuál era quién. Entonces sentí su ausencia, deseé profundamente que estuviera allí, y me emocioné al sentir interiormente esa verdad tan fascinante: que una madre distingue a sus hijos, los conoce y los reconoce. Por parecidos que sean. Aunque pase el tiempo. Aún en una imagen borrosa y aunque todo haya cambiado, una madre es el cordón umbilical que te une al mundo, te dice quién eres y te llama por tu nombre, ese nombre único que sólo sabe Dios, y que de una forma única una madre pronuncia cuando te mira... y te ve. Rojo sobre gris a ti, porque no te conozco, pero te quiero; porque en ti he recordado ese amor que rompe las fronteras de lo conocido y nos da el poder de amar verdaderamente a quienes no llegamos a conocer. Rojo sobre gris a nuestras madres porque dicen sí a nuestra existencia , porque se convierten en nuestra primera cuna, en nuestra primera casa, en el abrazo que siempre nos revela nuestro nombre con sólo mirarnos.

Fotografía de Amalia Casado

Amalia Casado

Licenciada en CC. Políticas y Periodismo

Máster en Filosofía y Humanidades

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