SIN CONCESIONES
Crisis de decencia

Por Pablo A. Iglesias
4 min
Opinión23-01-2013
La crisis económica no es por culpa de la economía. Muchos lo tenemos claro hace tiempo, casi desde que en el verano de 2007 estalló la burbuja de las hipotecas subprime en Estados Unidos. Esa fue la primera pieza en caer al suelo. Ahí comenzó el efecto dominó que provocó un terremoto en las finanzas de medio mundo y desembocó como un tsunami en la Unión Europea. Casi todo lo que ha ocurrido en esta crisis no es por la economía. En verdad es por la crisis de valores que algunos proclamaban ya entonces. La verdadera explicación de la crisis es una "crisis de decencia". Conste que la definición no es mía. La resume así el profesor Leopoldo Abadía. A sus 80 años, este gran conocedor de la economía posee autoridad suficiente para abrir los ojos a esta sociedad durmiente con sus libros, conferencias, entrevistas, etc. Sus palabras rezuman sabiduría y verdad, justamente lo que tanto falta actualmente en España. "Esta no es una crisis económica. Es una crisis de decencia, de falta de decencia", le escuché recientemente. ¡Y tiene tanta razón! En España falta decencia en casi todo. Estos días nos echamos las manos a la cabeza por las cuentas en Suiza del extesorero del PP y los dirigentes de CiU, por los trapicheos de Urdangarín, por el fichaje del exconsejero de Sanidad Juan José Güemes por un laboratorio de análisis de sangre cuyo servicio él mismo privatizó, por los sueldos que tenían los directivos de las cajas de ahorro, por las prejubilaciones de Telefónica, por el exceso de empresas públicas, por los contratos a dedo en la administración, por los beneficios millonarios de empresas que están despidiendo trabajadores... La lista es demasiado larga. Pero cada uno de estos problemas tienen un mismo origen: falta de decencia. La actual crisis económica pasará pero habrá servido de poco si no arreglamos la verdadera crisis de fondo que asola el país. Necesitamos decencia en los gestores públicos, en los políticos, en los empresarios, en los bancos, en la Familia Real y, sobre todo, en cada una de nuestras casas. Porque la decencia colectiva empieza por cada uno de nosotros, por cada uno de nuestros parientes y cada uno de nuestros amigos. Acusamos a la clase política y a los banqueros de nuestros males mayores. No es sin motivo. Ellos son los máximos responsables del país y, por lo tanto, se les exige un comportamiento ejemplarizante. Deben ser los primeros en decencia porque, cuando la indencencia se implanta a tan altos niveles, el daño causante tiene un efecto multiplicador. Ahí están como ejemplo los agujeros de las cajas de ahorro y la disparatada deuda de las administraciones públicas. Pero todos conocemos casos de indecencia a nuestro alrededor: gente que no paga sus impuestos, parados que trabajan en dinero negro, autónomos que no declaran el IVA, liberados sindicales que no dan palo al agua, pymes que eluden dar de alta a sus trabajadores en la Seguridad Social, directivos que se quedan dinero de sus empresas... Junto a estos, hay dos casos especialmente paradigmáticos. Por un lado, las 30.000 familias que cobraban una ayuda de la Ley de Dependencia después de que el beneficiario hubiera muerto. Por otro lado, las tarjetas sanitarias de abuelos fallecidos que 200.000 personas seguían utilizando para tener medicinas gratis. Estos también son fraudes indecentes. Pero no los cometían ni políticos ambiciosos ni banqueros entregados a la avaricia ni empresarios sin escrúpulos. Los ladrones al erario público eran ciudadanos de toda clase y condición. Los datos, los ejemplos y los casos que todos tenemos alrededor demuestran que no es el sistema el que está corrupto. No necesitamos una refundación de la democracia. No son sólo los poderosos los que estafan. La indecencia campa a sus anchas por muchos rincones, alimentada entre otras cosas por el culto español a la picaresca y al pillaje. Aquí eran comunes mofas sociales del tipo "si pagas eres tonto" y persiten todavía reproches del estilo "no seas tan legalista". El decente es visto en demasiadas ocasiones como un indecente por miedo a que delate las prácticas irregulares y ponga fin al chollo de los demás. Acabar con esa visión es la verdadera revolución social que Leopoldo Abadía reivindica y a la que todos debemos sumarnos. Así saldríamos antes de la crisis económica y, sobre todo, sólo así evitaremos cometer los mismos errores que nos condujeron a este agujero. La única guerra que siempre merece la pena emprender es contra la indecencia de los indecentes. Y esa guerra sólo se gana desde la decencia de todos los demás.
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Pablo A. Iglesias
Fundador de LaSemana.es
Doctor en Periodismo
Director de Información y Contenidos en Servimedia
Profesor de Redacción Periodística de la UFV
Colaborador de Cadena Cope en La Tarde con Ángel Expósito






