IMPRESIONES
El hobbit: ¿un viaje inesperado?

Por Álvaro Abellán
2 min
Opinión19-12-2012
Esperado. Diga lo que diga el título, lo que uno descubre cuando va a la sala es justo lo esperado. La continuidad de Peter Jackson (y de todo el equipo) hace que la adaptación de esta novela de J. R. R. Tolkien mantenga exactamente el mismo tono que El Señor de los anillos. No sólo en lo visible a los ojos, sino también en lo invisible, en esa mirada respetuosa y ortodoxa del director de cine al escritor británico. Igual que ocurrió con la anterior adaptación, la primera película es una obertura. Los primeros 30-45 minutos dibujan apaciblemente el contexto y el resto, hasta un total de casi tres horas, define a los personajes en torno a la estructura del enfrentamiento, la huída y la persecución. De nuevo, hay una compañía y una misión. De nuevo, Gandalf considera que el mundo necesita del coraje de un mediano, porque sólo los actos cotidianos de amor son los que pueden vencer el mal. De nuevo, la compañía necesitará de la guía y el consejo de los elfos. De nuevo, viejos odios deberán ser vencidos por amor. De nuevo, aparece la nostalgia del hogar. El tono, esto es verdad, es más alegre que en la anterior trilogía, puesto que el mal radical empieza a hacerse presente, pero está todavía lejos. Si es más de lo mismo, si todo es esperado, ¿por qué ir a verla? Por algo muy parecido a por lo que celebramos Navidad todos los años. Porque lo necesitamos. Porque nos recuerda algo importante. Porque aunque sea siempre muy parecido, siempre es bueno, y siempre nos parece nuevo. Porque El hobbit, como El Señor de los anillos, nos recuerda quiénes somos y cómo es el mundo que habitamos. Porque hay que escuchar a Gandalf y maravillarse con el crecer de Bilbo. Porque disfrutamos y aprendemos y damos las gracias a Tolkien y a Jackson por haber visto así, y compartirlo con nosotros.






