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SIN CONCESIONES

La conciencia de la sociedad

Fotografía

Por Pablo A. IglesiasTiempo de lectura3 min
Opinión17-05-2012

Todos necesitamos una voz discordante a nuestro lado, alguien que te dice las verdades a la cara, que te avisa cuando cometes en error, que te exige llegar a la perfección. Los pelotas y aduladores no ayudan a crecer. Al contrario, sólo conducen al exceso de confianza y el aburguesamiento. Las instituciones también funcionan mejor cuando están sometidas a la vigilancia y la crítica constructiva. Los medios de comunicación deberían jugar ese papel, pero en España han preferido el partidismo político y la trinchera ideológica a la búsqueda de la verdad. La misión de contrapoder y la tarea de conciencia crítica han saltado de mano en mano hasta encontrar un dueño controvertido e inesperado: el Movimiento 15-M. Ha pasado un año desde que miles de ciudadanos salieron a la calle para protestar contra las deficiencias del sistema. Al principio, eran izquierdistas más cercanos al comunismo y al anarquismo que a los principios constitucionales de 1978. Después, se sumaron decenas de miles de personas en todo el país. Eran de distintas clases sociales y variados colores políticos. En plena crisis económica y decadencia institucional, cualquiera puede sentirse identificado con los indignados: el parado, el estudiante, el desahuciado, el despedido, el accionista que perdió su dinero, el abuelo que alimenta a sus nietos, el que detesta la corrupción, el que no puede comprar una casa... El Movimiento 15-M unió a todos ellos contra la impresión generalizada de que los políticos no solucionan los problemas y que muchas instituciones cuestan más de lo que aportan. Criticaban que la sociedad estaba adormecida, que los jóvenes pasaban de la política, que el bipartidismo dividía a la población... pero todos los tópicos se enterraron en la Puerta del Sol. Un año después, nadie puede negar ese mérito al 15-M. Nadie, salvo los aduladores del poder y los guerrilleros de trinchera. El principal mérito del 15-M es haberse convertido en la conciencia de la sociedad y haber abierto los ojos a la política a miles de ciudadanos. Algunas de las reformas que ha emprendido el Gobierno de Mariano Rajoy, como la Ley de Transparencia o la supuesta dación de pago, parecen inspiradas en las propuestas del 15-M. Puede que el Partido Popular jamás las hubiera puesto en marcha sin ver de cerca el descontento social. En cambio, el Movimiento ha quedado reducido a un sentimiento de protesta sumamente idealista y utópico. Las asambleas en la Puerta del Sol han dejado más fotografías que soluciones. Sus dirigentes han sido incapaces de organizarse, han acabado peleados en vísperas del primer aniversario y han necesitado once meses para plasmar por escrito estas propuestas. Es cierto que los que salen a la calle tienen razones de sobra para quejarse. Quienes preferimos quedarnos en casa compartimos algunas de ellas, sin que por ello seamos menos indignados. Al contrario, pensamos que la protesta es la habitual válvula de escape de quienes se lamentan a diario por los errores ajenos pero hacen poco o nada por solucionarlos. Quejarse no es la solución a casi ningún problema de la vida, únicamente es un medio para que te escuchen. Cuando te dan la voz, corres el riesgo de hacer el ridículo si no tienes claro lo que vas a decir o si te quedas de brazos cruzados sin aportar remedios o argumentos. Gritar lo puede hacer cualquiera; es la única vía de comunicación que tiene el ser humano cuando acaba de nacer y sólo es un bebé. Los adultos deben emplear otros instrumentos. Quien malgasta su tiempo en protestar debería dedicar menos esfuerzos a lamentarse y más a proponer alternativas. Si algo no te gusta, haz algo práctico para cambiarlo. Por ejemplo: si no te gusta el Gobierno, vota en las urnas para que llegue otro, como pasó el 20 de noviembre. Llenar una plaza de gente resulta muy llamativo en televisión pero no soluciona los problemas que tenemos. Los grandes proyectos no son los que denuncian una injusticia, sino los que la arreglan. Protestar sólo equivale a destruir.

Fotografía de Pablo A. Iglesias

Pablo A. Iglesias

Fundador de LaSemana.es

Doctor en Periodismo

Director de Información y Contenidos en Servimedia

Profesor de Redacción Periodística de la UFV

Colaborador de Cadena Cope en La Tarde con Ángel Expósito