Esta web contiene cookies. Al navegar acepta su uso conforme a la legislación vigente Más Información
Sorry, your browser does not support inline SVG

SIN CONCESIONES

El vecino Sarkozy

Fotografía

Por Pablo A. IglesiasTiempo de lectura4 min
Opinión10-04-2012

La primera vez que vi en persona a Sarkozy me quedé impactado. Era aún más bajito de lo que muestran las cámaras de televisión, pero su carisma resultaba inversamente proporcional a la estatura. Vino a España a apoyar a Mariano Rajoy en la Convención Nacional que el PP celebró en marzo de 2006 en Madrid. Pero, en lugar de encumbrar al gallego, dejó al descubierto sus carencias. Después de comparar discursos y liderazgos, muchos militantes y altos cargos populares se marcharon defraudados con su presidente. En términos políticos, Rajoy no llegaba a Sarkozy a la altura de los zapatos, y no precisamente por las alzas que viste el francés para disimular su falta de centímetros. Sarkozy derrochaba fuerza, entusiasmo, convicción y alardeaba de valores e ideas. Era directo y decía las cosas claras. A su lado, Rajoy parecía un incipiente afiliado de Nuevas Generaciones a pesar de las canas de su barba y de su extenso currículum de 30 años de entrega a la política. Un año después, Sarkozy regresó a España para rascar votos en las elecciones presidenciales de 2007. Mantuvo una reunión con la comunidad gala y celebró un mitin en el Palacio Municipal de Congresos de Madrid. Muchos periodistas estábamos allí para informar de la visita y comprobamos que su empatía con la gente era aún mayor. Cinco años después, Sarkozy se presenta a la reelección con menos opciones de victoria. Las encuestas le sitúan favorito en primera vuelta, pero le auguran una derrota en la segunda votación ante el socialista François Hollande. Parece vivir su ocaso en el Palacio del Eliseo, aunque a un dirigente de su talla (política) nunca hay que darle por derrotado. Nunca. La imagen de Sarkozy cayó desde que tomó posesión y dejó pasear esa soberbia tan propia de los franceses y especialmente acentuada en el presidente de la República. Al poco de alcanzar el poder, dejó a su mujer Cecilia Attias e inició un romance con la cantante italiana Carla Bruni. Ambos pasearon su amor por el mundo, se casaron en febrero de 2008 y en octubre de 2011 vieron nacer a su hija Giulia. Lo que en un principio aumentó su popularidad, acabó jugando en su contra. Así que Sarkozy ha emprendido otra táctica en vísperas de las elecciones, aunque basada como siempre en la sobreexposición pública y el circo político. La operación policial contra el asesino de Toulouse fue sólo el comienzo. Después autorizó la detención de diez supuestos terroristas que, sin embargo, quedaron en libertad sin cargos a las pocas horas. La lucha contra el terrorismo es una de sus armas electorales, y tiene motivos para ello. Siempre combatió con determinación a estos criminales y prestó toda la ayuda a España para acabar con ETA, especialmente cuando era un desconocido ministro del Interior. Su otra baza política es la economía española. Sí, la española. Francia crece el doble y tiene menos de la mitad de paro que España. Este es el balance tras cinco años de mandato de Sarkozy en París y de Zapatero en Madrid. Así que la estrategia electoral más sencilla pasa por comparar a dos vecinos tradicionalmente adversarios. En 2007, Zapatero acudió a la campaña francesa para arropar a la candidata socialista Segolene Royale, entonces casada y actualmente separada del ahora aspirante François Hollande. Hace cinco años fueron los socialistas quienes utilizaron a Zapatero en su campaña. Ahora es Sarkozy quien emplea su nefasta gestión económica en España para agitar el miedo entre los votantes franceses de centro. Su mensaje radica en que, si el Partido Socialista alcanza la Presidencia, la economía del país puede irse a pique con Hollande de manera tan rápida como lo hizo con Zapatero en España. El PSOE se ha enfadado ante este ataque del presidente galo. Y no me extraña. Sarkozy está diciendo en la campaña francesa lo que muchos dirigentes del PP ni siquiera se atreven a decir aquí. Desde que Rajoy pisó La Moncloa, está tan obsesionado con las reformas y la gestión que apenas existe discurso político. Ni en el Gobierno ni en el partido, donde Cospedal y Arenas tienen otras preocupaciones. Rubalcaba ha sentido que, después del batacazo electoral del 20-N, alguien volvía a tocarle las narices con el fantasma de Zapatero. Pero no ha sido Rajoy, sino el gabacho Nicolas Sarkozy. Le critican pero el bajito del Eliseo tiene más razón que un santo. Las recetas económicas de los socialistas han fracasado en media Europa durante los últimos años. Ha quedado demostrado que incrementar el gasto, el déficit público y la deuda no son la solución a la crisis. La receta es la austeridad que las familias y muchas empresas llevan años aplicando. Eso es lo que defiende Sarkozy. No critica a España, sino la gestión de Zapatero. No boicotea nuestros camiones cargados de tomates, sino la manera de Zapatero de conducir la economía. Sarkozy está avisando de lo que pasaría en Francia si sus compatriotas apuestan por las políticas que han hundido a España. Nosotros ya lo hemos comprobado. Quien se ofenda por los comentarios del vecino de arriba, no ha asumido nuestra realidad.

Fotografía de Pablo A. Iglesias

Pablo A. Iglesias

Fundador de LaSemana.es

Doctor en Periodismo

Director de Información y Contenidos en Servimedia

Profesor de Redacción Periodística de la UFV

Colaborador de Cadena Cope en La Tarde con Ángel Expósito