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SIN CONCESIONES

La Pasión de Cristo

Fotografía

Por Pablo A. IglesiasTiempo de lectura3 min
Opinión03-04-2012

Me gustan las tradiciones. Me pueden llamar antiguo, carca, retrógado, clásico... pero me gustan. Las tradiciones indican de dónde venimos, por qué somos como somos, cómo hemos llegado hasta aquí. Las tradiciones son hábitos elevados a la categoría de costumbres sagradas. Una simple costumbre resulta equiparable a la rutina. La tradición, al contrario, es extraordinaria. Nunca cansa, por muchas veces que se repita. De hecho, se alza aún más fuerte y gloriosa en cada ocasión. A la tradición se le coge cariño y se la acaba amando hasta no poder vivir sin ella. Nuestra vida suele estar plagada de tradiciones y, casi todas ellas, llevan aparejadas algunos de los recuerdos más hermosos de nuestra vida. Muchas de las tradiciones se heredan. Otras las creamos nosotros y las dejamos como legado a nuestros hijos. Por eso la palabra tradición procede del verbo tradere, que significa "entregar". Como un testigo, las tradiciones pasan de mano en mano, de generación en generación. Existen tradiciones propiedad de una civilización, otras ligadas a la historia de un país, algunas nacidas en el seno de la familia y todas ellas vinculadas a una hoja del calendario. La Semana Santa es en sí misma una tradición, un modo religioso y cultural de revivir la muerte y resurrección de Jesucristo. Y la Semana Santa está, a su vez, compuesta de cientos de tradiciones. Acudir a la procesión del Vía Crucis, cargar el paso de la Virgen sobre los hombros, cocinar unas torrijas con la receta de la abuela, huir a la playa en busca de descanso, asistir a la Misa de Resurrección en plena noche... Cada cual tiene las suyas. Una de mis tradiciones preferidas de Semana Santa consiste en revivir una película: La Pasión de Cristo. El largometraje de Mel Gibson narra con sumo detalle el calvario de Jesús al ser apresado, condenado y asesinado en la cruz. Fue controvertido en su estreno por sangriento, al plasmar con excesivo realismo los históricos acontecimientos de Jerusalén. Lo criticaron duramente por contar la verdad tal y como pasó. Gibson rodó el filme en una lengua muerta como el arameo para ser aún más fiel a la época. Quiso narrar con precisión los acontecimientos de hace dos milenios. Para ello, consultó a expertos bíblicos y pidió asesoramiento a varias organizaciones religiosas. Más que una película, parecía buscar un documental sobre la muerte de Cristo. Así que buena parte del guión se asienta en las numerosas visiones que tuvo la monja Ana Catalina Emmerick en el siglo XIX sobre La Pasión y que dejó escritas en su obra La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Empiezas a leer el libro y dan ganas de salir corriendo a librería más cercana para comprarlo. Nadie como ella ha sentido jamás en sus carnes lo que sintió Jesucristo en el Gólgota. La Semana Santa reproduce paso a paso aquellos días de la Pasión. Nos emocionamos con los pasos iluminados por las velas, con el sonido de los tambores, con el silencio sepulcral en las capillas... Pero en la comodidad de nuestra vida en el tercer milenio no somos capaces de imaginar lo que sufrió aquel Hombre con la cruz a cuestas. La Pasión de Mel Gibson nos extrae desde el sofá y nos cuela en una época histórica. Cuenta el final de la vida del Mesías, pero también la del hijo de María, la relación con su madre, el miedo de los discípulos y el desconcierto de quienes les rodeaban. Un día entero, toda una vida y la historia de una civilización resumida a la perfección en 126 minutos. Ya se ha convertido en una tradición de mi Semana Santa y, como se hace con los hijos, la entrego en tus manos para que también la hagas tuya.

Fotografía de Pablo A. Iglesias

Pablo A. Iglesias

Fundador de LaSemana.es

Doctor en Periodismo

Director de Información y Contenidos en Servimedia

Profesor de Redacción Periodística de la UFV

Colaborador de Cadena Cope en La Tarde con Ángel Expósito