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SIN CONCESIONES

Manuel Fraga

Fotografía

Por Pablo A. IglesiasTiempo de lectura3 min
Opinión16-01-2012

Creo que tenía ocho años. España estaba de campaña electoral, como hace apenas dos meses. Corría el año 1986. Felipe González aspiraba a revalidar la mayoría absoluta conseguida cuatro años antes en las urnas. Yo sólo sabía una cosa sobre la política: los candidatos gritaban demasiado. Me cansaba verlos a través de la televisión en los mítines, soltando voces para atraer a los votantes. Recuerdo que, una mañana a la puerta del colegio, un amigo me preguntó por mi político preferido. Él apostaba por Adolfo Suárez. Yo no tenía inclinación, pero denostaba a Felipe González y Manuel Fraga porque gritaban demasiado. El tono exacerbado de ambos me daba miedo. Para un niño, era razón suficiente para temer. Décadas después, el Periodismo me llevó a conocer de verdad a Manuel Fraga. No era un personaje fácil, en nada. Aún recuerdo un mitin en el Monte del Gozo, a las puertas de Santiago de Compostela. Fraga vociferaba tanto como yo recordaba desde pequeño. Hablaba tan alto como poco claro. Ya costaba entenderle en castellano, así que en gallego... para echarse a temblar. En el Partido Popular, le respetaban pero también le temían. Causaba pánico a su alrededor. A todos: sus secretarias, su jefe de prensa, sus asesores, sus compañeros y sus delfines. Fraga parecía respetar únicamente a José María Aznar y a algunas mujeres del PP de Galicia que siempre mimó como si fueran sus hijas. Corina Porro y María Jesús Sáinz eran dos de ellas. En cambio, la relación con Mariano Rajoy resultaba de lo más tensa. Eran tan diferentes en carácter e ideología que sus diferencias parecían insalvables. Sin embargo, Rajoy siempre le demostró en público su respeto. Incluso, le reservaba un asiento a su lado en las ejecutivas del PP pese al daño político de la imagen. En el trato cercano, Fraga resultaba imposible. Lo comprobé en dos entrevistas cuando ya era senador, en el ocaso de su vida. En una de ellas, casi me echa del despacho porque el cámara tardaba en preparar los utensilios. En otra, me cortaba cada vez que insistía en un tema que le disgustaba. "No tengo más que decir", era la frase amenazante con la que zanjaba aquello que no le interesaba. Sus contestaciones consistían en apenas una frase. Concisa, directa, como un puñal contra el interlocutor y contra el adversario político. Así era Manuel Fraga. El personaje más difícil de entrevistar que he encontrado pero, a la vez, de los más agradecidos por sus titulares. En uno de ellos, mandó "callar" a Esperanza Aguirre en los tiempos que la presidenta de Madrid buscaba el acoso y derribo a Rajoy. Fraga sólo calmaba la voz cuando hablaba de Alberto Ruiz-Gallardón, su hijo político, su ojo derecho, su niño mimado. La muerte de Fraga deja huérfano al Partido Popular. Fue su fundador, el unificador de la derecha española en unas únicas siglas. Levantó los cimientos que en 1996 llevaron a José María Aznar a La Moncloa, donde ahora gobierna Mariano Rajoy. Fraga nunca alcanzó la Presidencia del Gobierno pero ganó muchas elecciones en su Galicia natal, donde es un auténtico mito. Sin embargo, su mayor mérito es la contribución a la Transición española y la aportación a los pilares de la democracia. Como Adolfo Suárez o Santiago Carrillo, Fraga jugó un papel determinante en una época crucial para el país. Fue ponente de la Constitución de 1978 que sustenta nuestro Estado de Derecho, Estado de las Autonomías y Estado del Bienestar. Por eso debería ser recordado, como los también fallecidos Jordi Solé Turá y Gabriel Cisneros. Junto a Peces Barba, Roca, Pérez Llorca y Herrero de Miñón, son los padres de nuestra Constitución. Son los padres de nuestra democracia.

Fotografía de Pablo A. Iglesias

Pablo A. Iglesias

Fundador de LaSemana.es

Doctor en Periodismo

Director de Información y Contenidos en Servimedia

Profesor de Redacción Periodística de la UFV

Colaborador de Cadena Cope en La Tarde con Ángel Expósito