SIN CONCESIONES
¿Morir tiene sentido?

Por Pablo A. Iglesias
3 min
Opinión24-10-2011
Acaba de cumplirse un año del ascenso político de Rubalcaba. Zapatero le encumbró a vicepresidente primero y portavoz del Gobierno en sustitución de María Teresa Fernández de la Vega. Fue el primer paso de la estrategia para proponerle candidato a la Presidencia del Gobierno. Hace un año, Rubalcaba era un dios al que la parroquia socialista adoraba por sus milagros políticos. Por aquel entonces, yo andaba más pendiente de otra clase de obras divinas pero ya dejé escrito que el problema del PSOE no era de imagen, sino de credibilidad. El tiempo ha demostrado que una cara, por simpática que resulte o por bien que se explique, es incapaz de resucitar a un partido político y levantarlo de la tumba. Los milagros los queremos para cosas más importantes y, gracias a Dios, de vez en cuando se convierten en realidad. Cuando hace un año redactaba esas mismas palabras, no pensaba en una muerte simbólica ni mucho menos política. Hablaba de la muerte de verdad, la que se lleva a un familiar muy querido, la que nos hace llorar día y noche, la que nos golpea por sorpresa para poner boca abajo nuestro pequeño mundo. Como los milagros en ocasiones suceden, tuve la suerte de gozar con uno. Las lágrimas de entonces acabaron transformadas en sonrisa cuando llegó la primavera y nació una nueva oportunidad, una segunda vida que disfrutar. Un año después, la casualidad ha querido que vuelva a hacerme la misma pregunta en la misma fecha: ¿morir tiene sentido? Volvió de pronto a mi cabeza al saber que mi vecino había muerto de repente en un accidente de tráfico. Retumbó en mi memoria al conocer horas después que se había marchado al cieelo Antonio Chenel Antoñete, al que tuve el gusto de estrechar la mano varias veces. Pero la pregunta provocó un verdadero terremoto interior al ver casi en directo el atropello del joven piloto Marco Simoncelli. La muerte siempre resulta incomprensible pero se antoja especialmente caprichosa e inexplicable cuando arranca la vida a un deportista de éxito de apenas 24 años. A los que nos quedamos aquí suele parecernos que la muerte nunca tiene sentido. Pero hay muertes que sirven de mucho. Por ejemplo, el secuestro y asesinato en 1997 de Miguel Ángel Blanco. El crimen cometido por la banda terrorista ETA despertó a una nación dormida ante la barbarie y agitó las conciencias de miles de vascos que hasta entonces, por temor, miraban para otro lado con cada bomba y cada tiro en la nuca. Fue un punto de inflexión. Lo mismo sucedió con las muertes de Diego Armando Estacio y Carlos Alonso Palate, los dos ecuatorianos sepultados en la Terminal 4 de Barajas el 30 de diciembre de 2006. Con su asesinato, ETA rompió la tregua que empujó al Gobierno de Zapatero a negociar con los terroristas. Aquella matanza derrumbó el aparcamiento del aeropuerto y la poca credibilidad que la banda armada conservaba en su propio entorno social. Hubo un tiempo en el que ETA mataba cada año a decenas de personas mientras nosotros nos preguntábamos de qué servía tanto mártir. A partir de Miguel Ángel Blanco descubrimos que cada asesinato era un acicate para fortalezar la democracia y derrotar a los terroristas mediante la ley. Esa lección tardó decenas de años y cientos de muertos en calar entre los ciudadanos. El Gobierno de José María Aznar instauró aquella idea y el Ejecutivo de Zapatero y Rubalcaba se ha encargado de asentarla, a pesar de sus renglones torcidos. Ahora, que la banda se ha rendido y que ha caído de rodillas ante el Estado de Derecho, no debemos ni podemos olvidar a los muertos. Porque cada una de las víctimas ha supuesto un incentivo para que el imperio de la ley no se rindiera ante la violencia. Y, sobre todo, porque su recuerdo nos obliga a seguir luchando para que perduren la Justicia y la dignidad de los fallecidos. Se lo debemos a ellos y a sus familias.
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Pablo A. Iglesias
Fundador de LaSemana.es
Doctor en Periodismo
Director de Información y Contenidos en Servimedia
Profesor de Redacción Periodística de la UFV
Colaborador de Cadena Cope en La Tarde con Ángel Expósito






