ROJO SOBRE GRIS
Y decirle... nada

Por Amalia Casado
2 min
Opinión20-12-2010
Definitivamente, se me ha juntado el verano con la Navidad. Llego a los lunes arrastrada como si fueran viernes, y a la noche de los domingos, a este ratito de hoja en blanco, con un cargamento desordenado de días vividos con tanta intensidad que las semanas parecen meses. Llevo tiempo sintiendo este Rojo sobre gris como ese hombro amigo que te encuentras cuando menos lo esperas y en el que descargas la última batalla del día. Cuando recuerdo lo que hice la semana pasada tengo la sensación de que sucedió hace mucho, mucho tiempo. Sin embargo, las horas se me escurren entre las manos. Me pregunto si existe realmente el tiempo, si existe de verdad algo que se estira y se encoge como un chicle, y de lo que se tiene una experiencia tan subjetiva que hoy parece poco y dentro de una semana parece mucho. Y creo que no, que cinco minutos son sólo una parte de eso que llamamos tiempo: la parte que podemos medir. Poco más. Quizás la otra parte del tiempo está hecha de lo que sucede en nosotros en ese transcurrir; es algo que no se puede pesar o medir, y que de alguna manera nos conecta con la eternidad. Las doce y ocho. Son las doce y ocho de la madrugada. Quiero irme a la cama para que llegue mañana pronto y poder seguir así con las mil batallas pendientes. Para mí el tiempo es hoy un corsé, un corsé de la talla XS para un cuerpo de la XL. Voy a llegar a Nochebuena y me voy a pasar la parada sin darme cuenta. Si resulta que ese Niño es Dios, si resulta que de verdad en algún momento de ese día 24 puede suceder algo dentro de mí, en lo más profundo de mi intimidad que se parezca en algo al acontecimiento histórico de su nacimiento, me pilla con la casa sin barrer. Literalmente. Si de mí hubiese dependido que tuviese entonces un lugar donde nacer, ni cueva, ni mula, ni buey:a la intemperie. Qué grande Dios, qué consuelo pensar que supo cómo y dónde nacer: en una cueva fría, como mi corazón; en un lugar abrupto e improvisado, como mi corazón. Cada año, cuando vuelve a encontrarme con telarañas en los rincones del alma, precipitada y sin preparar, puedo sentir que esta cueva necesita un Amor como Él. Que no puedo sino postrarme y decirle... nada.
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Amalia Casado
Licenciada en CC. Políticas y Periodismo
Máster en Filosofía y Humanidades
Buscadora de #cosasbonitasquecambianelmundo






