¿TÚ TAMBIÉN?
Peor que nuestros padres

Por Álvaro Abellán
2 min
Opinión28-11-2010
El informe Jóvenes españoles 2010 elaborado por la fundación SM refleja que, por vez primera en la Historia, los actuales jóvenes piensan que vivirán peor que sus padres. Independientemente de que tengan razón o no, independientemente de lo mal que lo hayan hecho sus mayores con ellos y con el mundo que les tocará vivir, el dato es muy preocupante. Hay generaciones de jóvenes que han vivido en climas más desalentadores que el nuestro. Hubo jóvenes en la I y la II Guerra Mundial; hubo jóvenes en la Guerra Civil y en el franquismo, hubo jóvenes en la Gran Depresión, hubo jóvenes que fueron esclavos y hubo jóvenes que... Y si algo caracterizó a aquellos jóvenes era que fueron más optimistas que sus padres. No importan las circunstancias objetivas. Es una cuestión casi biológica y, sin duda, psicológica. La juventud es tiempo de rebeldía en el mejor sentido de la expresión. Es la edad de querer que las cosas mejoren y de entregar la vida por ello. Los jóvenes siempre han luchado por cambiar las cosas y, aunque sus propuestas y luchas fueran equivocadas, hacían algo muy verdadero y propio de su edad: luchar. Llamamos joven, independientemente de su edad, a quien tiene sueños e ideales y lucha por ellos. ¿Cómo es posible que los jóvenes de hoy sean ya ancianos? El estudio da algunas pistas. No se trata de que los jóvenes no tengan ciertos ideales; lo que ocurre es que no creen que merezca la pena luchar por ellos, porque no merece la pena luchar por la gente. El 69 por ciento de los jóvenes cree que a la gente lo no le preocupa lo que pasa a su alrededor y más de la mitad considera que es mejor no confiar demasiado en la gente. Si no confiamos en los otros, verdaderamente, nada queda que merezca la pena. Ningún ideal sobrevive al valor de la persona humana. Si ésta no importa, no merece la pena o no es de fiar, nada queda por lo que luchar. Quizá es eso lo que los mayores han hecho mal en este generación. El problema no es que los jóvenes no tengan cosas; el problema no es que nuestro mundo no sea más seguro; el problema no es que los jóvenes no tengan oportunidades... el problema es que los mayores no han valorado la persona. Como no han valorado la persona (sino los coches, la seguridad, el bienestar, etc.) los jóvenes tampoco lo hacen. No han conocido personas valiosas, sino gente de la que uno no puede fiarse demasiado. Sólo allí donde uno redescubre la dignidad inalienable de la vida humana, el valor inconmensurable del ser persona, empieza a haber algo por lo que luchar y la fuerza de los ideas vuelve a ser efectiva. No son las cosas lo primero. Tampoco los ideales. Son las personas. Y, sólo allí donde lo son, la rebeldía merece la pena, pues entonces atisbamos que es posible edificar ese lugar donde la vida se ensancha.






