SIN CONCESIONES
¿Cuánto vale una vida humana?

Por Pablo A. Iglesias
4 min
Opinión30-08-2010
Ha tenido que ser horrible. Casi nueve meses secuestrados en el desierto africano. Sin libertad, sin comunicación con nadie, sin ver a la familia, amenazados de muerte... Lo que han pasado Albert Vilalta y Roque Pascual es difícil de imaginar. Fueron secuestrados en noviembre de 2009 por una banda terrorista vinculada a Al Qaeda. Han tenido que esperar hasta agosto para ser liberados, para regresar a España, para abrazar a la familia, para poder lavarse en condiciones. El sufrimiento físico no tiene parangón ante la tortura mental de todo ese tiempo. No es sólo el secuestro o la convivencia con los secuestradores. Ante todo era la constante amenaza de muerte. Si el Gobierno no pagaba, los asesinaban de un disparo. Nadie dudó desde el primer momento que el Ejecutivo de Zapatero aceptaría la exigencia de los terroristas. Ya lo hizo cuando un grupo de piratas capturó en Somalia el pesquero Playa de Bakio o cuando más tarde retuvieron el Alakrana. De nada sirvió la presencia de una fragata militar en ese caso o la intervención del cuerpo de élite de Infantería de Marina. El Ministerio de Defensa dio orden de dejar escapar a los secuestradores con el botín a cuestas. Entonces fueron un par de millones de chantaje. Ocurrió el 17 de noviembre de 2009. Pero sólo hubo doce días de tranquilidad. El 29 de noviembre, Al Qaeda secuestró en Mauritania a Roque, Albert y su compañera Alicia Gámez. El secuestro se ha convertido en un modelo de negocio en muchas partes del mundo. En México o Colombia son frecuentes los secuestros express de niños para extorsionar con pequeñas cantidades de dinero a sus familias. En el continente africano, las mafias han instaurado el secuestro como sistema de financiación de sus actividades. Es muy fácil capturar a un religioso, una cooperante o unos pesqueros indefensos y exigir un rescate a su gobierno. Saben que los políticos occidentales son demasiado cautos y cobardes. Les resulta más cómodo pagar ocho millones de euros que enfrentarse a un posible cadáver. La rentabilidad es máxima tanto para el secuestrador como para los intermediarios que cobran por dialogar con los criminales. Cuando pagan y los secuestrados regresan a casa, la ola de alegría tapa el problema de fondo. Nadie se para a pensar en las armas que los terroristas compran con ese dinero, ni en las guerras que se agudizan en África por el pago del rescate, ni en los jóvenes que abandonan la escuela tentados por una vía de riqueza rápida, ni en los secuestros que vendrán después... Los países más avanzados se están convirtiendo en financiadores del terrorismo porque es más fácil acatar las órdenes de quien extorsiona que afrontar el más mínimo problema. Hasta hace poco, sólo actuaban así las viejecitas indefensas cuando un ladrón de barrio les asaltaba en una esquina para robarles el bolso. Ahora lo hacen los estados más avanzados con el dinero de los contribuyentes. El único debate que les interesa a los gobiernos coaccionados es el que mantienen con los terroristas para cuantificar el valor de una vida humana. Los compañeros de El Mundo contaron que liberar al Playa de Bakio costó 1,2 millones de euros en 2008. Soltar al Alakrana supuso 2,3 millones en 2009. Para rescatar a Albert y Roque se han pagado casi 8 millones en 2010. ¿Cuánto costará el siguiente? Cada vez que uno cede, el extorsionador siempre pide más. Además, la voz corre entre los malhechores y los riesgos de padecer otro chantaje se multiplican exponencialmente. Hubo al menos dos veces que España no pagó rescate. No lo hizo con José Antonio Ortega Lara, al que la Guardia Civil liberó después de 532 días en manos de ETA. No lo hizo con Miguel Ángel Blanco Garrido, al que la banda terrorista vasca asesinó en 1997 tras 72 horas de extorsión al Gobierno. ¿Cuánto valen aquellas vidas? Miguel Ángel Blanco murió a disparos de sus captores, pero su final sirvió para despertar a un país ante la barbarie terrorista. Gracias a él, la historia cambió y ETA se encuentra hoy más débil que nunca. Fue un drama pero también una lección para todo el pueblo. ¿Cuánta vida le quedaría aún a ETA de haber cedido a sus exigencias? La única diferencia entre Miguel Ángel Blanco y los secuestros africanos es la distancia. El Gobierno debe de pensar que el enemigo está lejos y por eso no le importa pagar. Parece una nueva versión del ojos que no ven, corazón que no siente. Porque si ETA secuestrara ahora a alguien, Zapatero y sus pupilos temblarían de miedo. Ya lo hicieron en diciembre cuando la banda tenía identificados varios objetivos. ¿Cuánto hubiera valido entonces una vida humana? No hay respuesta. Ni debe haberla. No hay precio para las personas. La vida humana está por encima de todas las cosas. No se debe mercadear con ella. Hacerlo es menospreciar su valía, es vulnerar su dignidad.
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Pablo A. Iglesias
Fundador de LaSemana.es
Doctor en Periodismo
Director de Información y Contenidos en Servimedia
Profesor de Redacción Periodística de la UFV
Colaborador de Cadena Cope en La Tarde con Ángel Expósito






