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ANÁLISIS DE LA SEMANA

Inmigrante, persona que inmigra

Fotografía

Por Raquel GonzálezTiempo de lectura2 min
Economía10-03-2002

Dice el Diccionario de la Real Academia Española: Inmigrante: que inmigra. Inmigrar: llegar a un país para establecerse en él los naturales de otro. Es decir, persona que viéndose al límite de sus posibilidades decide abandonar su país, sus raíces y a su gente para buscar ventura en países que le ofrecen, en la mayoría de los casos, un trabajo en negro y sin nada parecido a una cotización a la Seguridad Social. Todo eso a cambio de un mísero sueldo. Como dice Joaquín Sabina en la canción La casa por la ventana del álbum Esta boca es mía : “Quemaron todas las naves para iniciar una nueva vida, pagaron cara la llave falsa de la tierra prometida”. Para que todo fuese perfecto y estupendo los inmigrantes deberían convertirse en numeritos y formar parte del contingente anual de extranjeros que cada año designa el Gobierno. Este año se ha fijado en 32.000. Pero como el mundo no es ni perfecto ni estupendo, resulta que la realidad de mucha gente en el mundo supera con creces esa cifra. Como consecuencia, se seguirá incrementando la explotación laboral a inmigrantes, pero poniéndonos optimistas pensemos que aunque el proceso de igualdad es lento, poco a poco se va haciendo camino. Sólo en febrero, el cuatro por ciento de los afiliados a la Seguridad Social fueron inmigrantes. Algo es algo. Argentina, país que sufre la fuga de gente muy valiosa a países como España, conoce muy bien el dato de los 32.000 y también que el paro está aumentado, con lo cual las oportunidades para ellos se limitan considerablemente. Pero si se quedan en su país ¿qué tienen? Una deuda externa que provocará que generaciones enteras de argentinos vivan endeudados toda su vida. Se quedarían en un país en cuya recuperación cada vez confía menos gente. Unos que quieren venir y no pueden, otros que pueden venir y no quieren: los alemanes. Esta inmigración bienvenida, esta sí porque trae dinerito, se ha revelado contra la ecotasa, y eso, sumado al miedo por viajar desde el 11-S, ha provocado que las Baleares estén en sus horas bajas por lo que se refiere al turismo. Ya en las altas esferas, las relaciones económicas internacionales han girado en torno a los aranceles que EE.UU. ha querido imponer al acero que viene desde la UE, Corea, Japón, Latinoamérica y Rusia. La UE ha puesto el grito en el cielo y están dispuestos a recurrir ante la Organización Mundial del Comercio. En lo que sí se han puesto de acuerdo EE.UU. y la UE es en asegurar que el fin de sus cataclismos económicos está cerca. Pero, ¿y el fin de los cataclismos sureños? ¿Alguien sabe en qué punto de su recuperación se encuentran?

Fotografía de Raquel González