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ROJO SOBRE GRIS

Soy lo que espero

Fotografía

Por Amalia CasadoTiempo de lectura3 min
Opinión30-05-2010

“El presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una menta, si podemos estar seguros de esa meta, y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino”. Y así estoy yo hoy, en un presente inmediato fatigoso y seco. Miro la mesa, llena de papeles, y me cuesta darle a la tecla mientras pienso que tengo que recoger un montón de servilletas con apuntes, folios con notas y recortes de periódico que no sé ni dónde guardar ni cómo clasificar, y que de momento invaden la mesa esperando a que decida cambiarlas de sitio. En cuanto me intento concentrar, en ese espacio de tiempo que va entre que me concentro hasta que logro inspirarme, me asalta violenta la multitud de cosas que tengo que hacer: esos mails que no he contestado, la ropa de invierno que tengo que cambiar por la de verano, la semana intensa que me espera, los libros que quiero leer en el tiempo que no encuentro, el carnet de conducir que tendré que sacarme algún día... Y, lo peor: lo ridícula que me siento al verme sobrepasada por estas y otras pequeñeces. Sin embargo, no puedo obviar la tozuda realidad de que así es como me siento, desbordada en un vaso de agua gaseosa, avanzando a rastras hacia los próximos cinco minutos, y así de cinco en cinco hasta un no sé cuándo que no sé cuándo llegará. El primer párrafo de este artículo son palabras de un librito maravilloso que me estoy leyendo: la encíclica de Benedicto XVI Spe Salvi. Es precioso, tan bonito escrito, tan fácil de entender. Disfruto leyéndolo. Habla de la esperanza; evidentemente, de la virtud teologal de la esperanza. Y lo que viene a decir Benedicto XVI es que lo que espero me constituye: que soy lo que espero. Si soy lo que como, lo que hablo, lo que estudio, lo que leo y lo que amo... también soy lo que espero. Y me siento muy provocada por este libro en este momento porque esta semana me decía un compañero periodista: no creo en la religión si no es capaz de dar respuesta a la vida de las personas. No creo en una religión que no haga felices a las personas. No creo en una religión si quienes la profesan están enfadados, o viven la muerte, o van por la vida como uno que no tiene fe. Le contesté que el cristianismo, como dice Benedicto XVI, no es una religión, sino un encuentro personal y cierto con Cristo, una experiencia que te cambia la vida, y no un conjunto de normas que si cumples te convierten automáticamente en cristiano. Pero hoy, en este presente que me abruma, en este vaso de agua ridículo en el que me ahogo, me martillea en la conciencia la pregunta de si me sirve realmente para la vida. Si este colega me viera ahora, a rastras entre los minutos que pasan, deseando que llegue un inmediato luego ¿vería en mí a alguien cuya fe es algo vivo, algo que merece la pena, algo verdadero que ciertamente cambia mi presente y da sentido a las pequeñas –diminutas- dificultades con las que ahora me encuentro? ¿Vería en mí un ejemplo de la alegría que se espera encontrar en un cristiano? ¿Puedo responder yo, aquí y ahora, qué meta, que “esperanza” puede dar sentido a estas pequeñeces diarias que, por otro lado, son a las que cotidianamente nos enfrentamos? Rojo sobre gris a este compañero; por sus preguntas hechas a fondo, por ayudarme a recordar que en las cosas importantes se va en serio: nos va en ellas la vida. Sí: soy lo que espero; y espero ser respuesta con la mía.

Fotografía de Amalia Casado

Amalia Casado

Licenciada en CC. Políticas y Periodismo

Máster en Filosofía y Humanidades

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